“Las caracolas de Sumpthon”

“Las caracolas de Sumpthon” ( Relato corto)

“LAS CARACOLAS DE SUMPTHON”

 

Sobre la colina alfombrada de verde, aquella casita de piedra,  aunque un poco alejada del pueblo, disponía de unas vistas espectaculares sobre la playa y los acantilados de Sumpthon. Pertenecía a la viuda de Brannagh, el veterinario.

Nadie en el pueblo entendió jamás como Bruno pudo convencerla para que se la alquilara. Nunca había estado alquilada a nadie. Lo cierto es que Bruno era de las pocas personas en las que confió y con la que, más adelante, consiguió mantener una buena relación. Él respetaba y apreciaba a la viuda Brannagh, siempre le pareció una persona educada, culta y discreta. Con facilidad, compartía con ella sus inquietudes siempre que tenían ocasión de  conversar.

La  afición por las caracolas era mutua y muchas mañanas, antes de acudir a la consulta, observaba como bajaba a la playa con su destartalada camioneta y a pie, paseaba hasta los acantilados y recogía conchas y caracolas. Muchos también eran los días que se detenía previamente en su casa y dejaba en el porche un pastel de moras, por el que Bruno sentía especial debilidad.

La viuda no se relacionaba mucho con los vecinos del pueblo. Siempre fue una mujer enigmática. Ahora vivía en el pueblo, en Calingford, en la casa de sus difuntos padres, pero  había vivido con su marido hacía muchos años en la casita de la colina, hasta que un día él desapareció sin dejar rastro.

Hubo muchas habladurías. La superstición fabulaba sobre esa desaparición, hasta el punto de comentar que Peter Brannagh, nunca habría abandonado su pueblo y que alguien le quitó la vida. Hubo investigaciones, interrogatorios, registros. Todo fue inútil. El cuerpo de Brannagh nunca se encontró. Finalmente, al cabo de veinticinco años, ella fue oficialmente  declarada como su viuda.

Como la mayoría de las casas rurales irlandesas, no era grande, pero tenía un aspecto sólido y muy confortable; disponía de dos plantas: un salón con un gran ventanal orientado a la playa y los acantilados, una pequeña y rústica cocina y una habitación tipo estudio, completaban la primera planta. La segunda, totalmente abuhardillada, alojaba un baño, un pequeño dormitorio y el dormitorio principal. Un discreto porche a modo de mirador, cubría la entrada donde se apilaba ordenadamente leña cortada y un pequeño jardín o huerto trasero, ahora abandonado, completaban aquella propiedad.

La decoración era sencilla, pero cálida y acogedora. Muebles de madera maciza, un viejo piano, un amplio y cómodo sofá, acompañado de un gran sillón de piel en el salón y una gran chimenea de piedra que, por su aspecto, parecía más antigua que la propia casa. Todas las ventanas tenían sus cortinas blancas con bordados. La viuda Brannagh acudía de vez en cuando a la casa para limpiarla y mantenerla como si alguien tuviera que ocuparla algún día.

Allí vivía Bruno desde hacía casi cuatro años. Era el médico de Calingford. La casa de la colina no distaba más de cuatro kilómetros del pueblo. Un trayecto que Bruno realizaba casi siempre caminando o con la vieja bicicleta que venía incluida en el inventario de la casa.

Bruno era español. Había estudiado la carrera de medicina en Santiago de Compostela, allí nació, allí ejercía como médico, allí vivía con sus padres y allí quedó huérfano una mañana de otoño, hace ahora cinco años, justo el día que Bruno cumplía treinta y dos. Sus padres  murieron atrapados en su coche cuando regresaban de La Coruña de visitar a unos amigos. Un camión salió de entre la niebla y fue a chocar frontalmente contra ellos.

Pasó varios días encerrado en casa, invadido por la pena, aturdido y desorientado. Se dio cuenta de que se había quedado solo. Sus padres habían muerto y era hijo único.

No deseaba seguir viviendo en esa casa, ni en esa ciudad ni seguir como médico en el Hospital Clínico.

Unas semanas antes del suceso, había llegado a sus manos una oferta de trabajo en Irlanda que solicitaba médicos rurales con conocimientos de inglés para un contrato de cinco años renovable. Aunque estaba interesado, no llegó a comentarlo con sus padres. La remota posibilidad de plantearlo como algo realizable, les hubiera parecido una locura. Ahora, sin dudarlo, decidió aceptarla.

Allí podría hacer realidad una de sus pasiones, ejercer la Medicina Rural.

Nunca supo entender la medicina de otra manera que no fuera ejercerla como médico en su más amplio sentido, donde, mal que bien, deben aplicarse todas las prácticas y donde los pacientes sobrepasan ese papel y se convierten en personas más cercanas, haciendo en muchas ocasiones del médico el confesor y consejero de muchos de sus problemas.

Puedo decir que los vecinos le tenían gran aprecio como persona y como médico. Bruno era una persona muy discreta, tenía un carácter abierto y simpático y desprendía buenas vibraciones. Lo consideraban un buen médico. Eran muchos los días que algún vecino le invitaba a comer con su familia y en muchas ocasiones, por cortesía, aceptaba.

Trabajaba en la consulta por la mañana y si no era reclamado por alguna urgencia o imprevisto, pasaba toda la tarde en su casa, leyendo, practicando en el piano y dando  largos paseos por la playa recogiendo caracolas que luego seleccionaba y colocaba en unos estantes junto a la chimenea.

Aquella semana, rompió su rutina y decidió viajar a Londres para asistir a unas jornadas sobre “Prácticas de la medicina en el Medio Rural” organizadas por la “Sociedad Médica Londinense”.

La primera sesión había ocupado toda la mañana  y disponía de una tarde libre. Como buen amante de la pintura decidió visitar el “British Museum”, que no conocía.

Allí la descubrió accidentalmente, como casi todas las cosas buenas de la vida.

Era bellísima, estaba sentada como una estatua, con la mirada fija en el cuadro que tenía enfrente. Sus ojos negros llorosos parecían penetrar en aquel óleo.

Estuvo contemplando aquella belleza que, sentada sin mover un músculo, parecía no estar allí. El cuadro que se abría ante sus ojos era de un pintor irlandés. Representaba una zona de la costa irlandesa, unos acantilados al fondo y dunas de arena que precedían a un mar espumoso, con las olas despeinadas por el viento y un horizonte que mostraba un atardecer luminoso y sombrío al mismo tiempo.

Aquel paisaje le era familiar, en parte. Durante los últimos cuatro años de su vida contemplaba uno muy parecido desde las ventanas de su salón.

No pudo resistir la tentación de sentarse a su lado. Al hacerlo pudo percibir su aroma, un aroma que embriagaba, mezcla de frutas y canela. Allí sentado, tenía la sensación de compartir sus emociones.

Decidió romper aquel silencio y con el temor de ser ignorado, o de estropear la magia del momento, sin dejar de mirar el cuadro, hizo un comentario en voz baja… “Por las mañanas, cuando baja la marea, se descubren en la arena hermosas caracolas”. Sin girar la cabeza, notó que ella giraba la suya y sus ojos negros lo miraban. Con una voz de seda le preguntó,  ¿De verdad son hermosas?… Sí, puedo asegurarle que sí, respondió Bruno buscando su mirada.

Siguió mirándolo a los ojos y, con una leve sonrisa, le comentó que cada jueves iba al museo y paseaba por esa playa durante horas pero no había conseguido encontrar ninguna caracola.

No podía dejar de mirarla, era tal su belleza que hubiera estado contemplándola durante horas. Tenía una cara angelical de piel sedosa y morena, una corta melena negra azabache y unos ojos negros llenos de ternura y penetrantes al mismo tiempo.

Me llamo Nadima… Nadima Amara, soy de Etiopia. Encantado, contestó… Yo soy Bruno, soy español, llevo viviendo en Irlanda casi cuatro años y me gustaría invitarla a tomar un café.

Bruno, casi avergonzado, no sabía cómo habían llegado esas palabras a su boca.

Lejos de reprocharle su atrevimiento, ella asintió con toda naturalidad y se dirigieron a la cafetería del Museo.

Ver ahora su silueta caminar, su manera de sentarse, el movimiento de sus manos, su mirada, su sonrisa, era una sensación inexplicable. Se podría decir que estaba hipnotizado.

El inglés de Bruno no era el mejor, Nadima en cambio, hablaba un inglés correcto, adornado con un exótico acento. Hablaba sin levantar la voz, dulce y calmadamente; escucharla era una sensación placentera.

Pasaron varias horas conversando y varios cafés fueron testigos. Sincerarse y compartir historias de sus vidas era algo que fluía con total normalidad.

Nadima, no sólo sabía escuchar, mientras lo hacía, transmitía la sensación de sentir las vivencias que le explicaba. Se interesaba por los detalles y preguntaba sin pudor para entenderlas mejor.

Invitaba a la conversación. Inspiraba confianza, era como si la conociera de toda la vida. Le explicó que era médico rural en un pueblecito… La casa donde vivía… Que podía  contemplar la playa cada día… Los acantilados… Dónde había estudiado, anécdotas de su vida de estudiante… La trágica muerte de sus padres, su soledad, la decisión de viajar a Irlanda…

Le confesó que amaba el mar, pasear por sus playas, contemplar las olas y los atardeceres, recoger caracolas,  tocar un viejo piano, comer pescado y leer libros biográficos frente a la chimenea hasta quedarse dormido… Quería explicarle tantas cosas que no paraba de hablar. Ella lo escuchaba con todo el interés sin quitar la mirada de sus ojos.

Bueno, no sé que me pasa, comentó, estoy abusando, ahora es tu turno, explícame cosas de ti.

Nadima, me regaló una sonrisa, con toda naturalidad, cogió mi mano entre las suyas y me explicó que era hija de un adinerado e importante comerciante de alfombras y tejidos en Addis Abeba, que, aunque joven (no debía tener más de treinta años) era viuda, en este caso,  de un marido asignado por su padre cuando ella tenía 18 años. Esposo al que nunca quiso y que sólo soportó como parte de un trato comercial, al que era imposible renunciar.

En su país, nacer mujer no supone una vida fácil. Su marido murió de una neumonía y tras su muerte, su padre consintió que se trasladara a estudiar a Londres, con la condición de que cursara estudios de economía y regresara después a Etiopía, seguramente para ser desposada de nuevo y ayudar en el negocio familiar.

Le explicó que también era una enamorada del mar y  de las dunas de arena. Su fantasía era pasear descalza por la playa, vivir junto al mar, dormir arropada por el sonido de sus olas. Le gustaban los niños, cocinar, comer pasteles, los baños de espuma, los perfumes, y también tocaba el piano.

Como si hubiera querido que nunca llegara ese momento, Nadima bajó la mirada y  comentó que había terminado sus estudios  y la próxima semana debía regresar a su país.

La sonrisa de Bruno se deshizo y la mirada de Nadima expresaba una tristeza que no podía ocultar.

Estaba enamorado de aquella mujer, sentía por ella una atracción que nunca había sentido por nadie. Su belleza, su sensibilidad, su aspecto bondadoso y su sencillez le habían  atrapado. Había encontrado su Ángel y lo perdería en una semana.

Bruno, no sabía que la peor noticia estaba por llegar. Nadima sacó un sobre arrugado de su gabardina y se lo entregó. Con la voz entrecortada, le comentó que se lo habían entregado hacía tres semanas y que, a parte de ella, era la única persona que conocería su contenido.

El membrete del sobre correspondía al  “Departamento de Oncología del Royal Marsden Hospital” de Londres.

Bruno abrió el sobre. Era médico y entendió rápidamente lo que estaba leyendo. Un cáncer con metástasis óseas se había apoderado de su cuerpo y le arrebataría la vida en un máximo aproximado de seis meses.

Bruno la miró en silencio y con una rabia incontenida, estrujó el papel entre sus manos, bajó la cabeza y empezó a llorar. Nadima acercó sus manos, levantó su rostro y le pidió que la perdonara por el dolor que le estaba causando.

Las luces de la cafetería se iban apagando. Educadamente les invitaban a salir. Las horas que habían estado conversando, transcurrieron sin darse cuenta y absortos no habían percibido que eran las únicas personas que quedaban en el  local.

Bruno estrechó con fuerza sus manos… Le comentó que pudiera parecer una locura, que nunca le había sucedido algo así, pero que se había enamorado, que la quería, que sus sentimientos y su amor eran sinceros. Que deseaba con toda su alma compartir con ella lo que le quedara de vida y destinar ese tiempo a hacerla feliz. Le pidió esa oportunidad, la posibilidad de intentarlo.

Bruno seguía hablando… Viviremos junto al mar, contemplarás las dunas y podrás  escuchar las olas cada día. Pasearemos por la playa y yo recogeré hermosas caracolas para ti.

Presiento que no deseas regresar a tu País, comentó angustiado Bruno.

Nadima, no lo hagas, quédate a mi lado. Seré tu cómplice, seré tu amigo y seré tu amante si así lo deseas. Sólo tienes que decir sí.

Salieron de la cafetería y la mirada de Nadima seguía entristeciendo por momentos. Su hotel estaba cerca y le pidió que fueran caminando. A los pocos metros empezó a llover y como si la lluvia no les importara, caminaron lentamente y en silencio hasta llegar junto a la entrada.

Ella acercó las manos de Bruno a sus mejillas empapadas de lluvia y lágrimas, y acercándolas a sus labios, besó la palma de sus manos. Le dijo que era el hombre más cariñoso y amable que nunca había conocido, y le confesó que sus sentimientos hacia él eran también intensos y sinceros, pero la decisión era importante y debía pensarlo. Su Padre, su País, su enfermedad. Demasiadas cosas se agolpaban en su cabeza.

Bruno, en la despedida, escribió precipitadamente su dirección en Irlanda. Puso el papel en el bolsillo de su gabardina y sin perder su mirada, le dijo que allí la esperaría cada día.

Besó sus mejillas y sus ojos y se alejó bajo la lluvia sin rumbo fijo pensando qué había sucedido para que ansiedad, dolor e ilusión se dieran cita en su corazón de una manera tan intensa. No podía hacer más. No deseaba agobiarla y tampoco podía presionarla.

Al día siguiente, por la mañana, regresó a Irlanda. Deambulaba por la casa como perdido. Estaba nervioso, ordenaba y desordenaba cosas, pasaba del piano a la lectura y de la lectura al piano. Estaba triste, ansioso; recorrió varias veces la playa y se sentó en la arena. No podía dejar de pensar en Nadima, veía su rostro, su sonrisa, sus ojos, su inquietante tristeza. Aunque suponía un tormento, no quería dejar de pensar en ello.

Transcurrieron varios días, acudía como todas las mañanas a la consulta médica en el pueblo, donde atendía a los pacientes de casi siempre. Y, como siempre, escuchaba sus problemas y dolencias. Se notaba triste y ausente. Su mente estaba en otro sitio.

Acabó la semana y Nadima no apareció. Supo entonces que aquel día en Londres había sido más un sueño que una realidad. Se reprochó haber imaginado, siquiera por un instante, que algo tan hermoso y mágico pudiera suceder en su vida.

El lunes lo devolvió a la realidad, era un día de otoño frío y con algo de niebla. Se dirigió como cada mañana a la consulta y regresó caminando a su casa.

Cuando se aproximaba, entre la niebla, sus ojos no lograban adivinar en la distancia la imagen de una persona sentada en el pequeño porche al lado de la puerta. Vestía una gabardina casi blanca y un pañuelo de colores cubría su cabeza. ¡Conocía esa gabardina! Y esa piel morena, aun de lejos, era inconfundible. No era un espejismo. Era su ángel.

Un escalofrío recorrió todo su cuerpo, sus piernas quedaron paralizadas y su corazón batía  descontrolado. ¡Era ella!¡Estaba allí sentada!

Nadima había decidido aceptar aquel pedazo de felicidad que la vida parecía ofrecerle como último regalo.

Gracias… Gracias… Gracias, repetía Bruno mientras acariciaba y besaba su cara y sus labios. Los dos tenían los ojos empañados por las lágrimas. En aquellos momentos, sus pensamientos no dejaban espacio para otra cosa que no fuera pensar que estaban allí, que estaban juntos y que se sentían felices.

Mira Nadima, susurró Bruno, esa es tu playa, no es un lienzo, en ella sí hay caracolas, podrás pasear y sentir la arena y la espuma de las olas en tus pies.

Colmaban los días y las semanas con paseos por las colinas, largas noches de caricias y conversaciones.

Nadima no dejaba de explicarle cosas de su país, de su niñez, de su juventud, historias y anécdotas, algunas tristes, otras alegres. Bruno escuchaba embelesado. Cada día la conocía más y cada día más la amaba.

Eran muchas también las tardes de lectura frente a la chimenea acompañados por el batir lejano de las olas. A veces levantaban la vista del libro y cruzaban sus miradas que lo decían todo. Algunas tardes Nadima pedía a Bruno que le ayudara en la cocina y preparaban tartas de fruta que tanto les gustaban. Después de la cena, Bruno tocaba el piano y no eran pocas las veces que Nadima se levantaba y, sentada junto a él, le acompañaba ocupando parte del teclado.

Al principio, los paseos por la playa eran casi diarios, abrazados recorrían la playa una y otra vez. Recogían las caracolas que la marea dejaba medio enterradas en la arena y escogían las más bonitas. Bruno le regalaba las que encontraba y Nadima hacía lo mismo… Siempre acababan el paseo con un saldo desigual. ¡Nadima! decía Bruno sonriente, “recuerda que me debes tres caracolas”.

En muchas ocasiones Nadima caminaba descalza por la playa, esa sensación era para ella irrenunciable. Bruno lo consentía, no sin antes recriminarle que era una joven que nunca obedecía a su médico.

No podía ni quería negarle nada.

Cuatro meses de felicidad llenaron sus vidas. Tan sólo deseaban pasar juntos la mayor cantidad de horas. Los dos se dedicaban a procurar felicidad al otro. Entendían que era la única manera de sentir su propia felicidad.

La viuda Brannagh, les hizo alguna visita, y aprovechaba para llevarles su famosa tarta de moras, que a Nadima le parecía también exquisita y devoraba en pocas horas como un niño.

Hacía algunas semanas que no se veían. La viuda Brannagh acudió una mañana a la consulta, con el pretexto de un pequeño resfriado. En la última visita, sus grandes dotes de observación le habían permitido notar cómo Bruno trataba de disimular un cierto aire de tristeza.

La viuda miró fijamente a Bruno y directamente le preguntó: ¿Qué pasa Bruno? Sé que pasa algo, no puedes engañarme.

Bruno, no pudo evitarlo, puso la cabeza entre sus manos y comenzó a llorar. Le explicó la historia de Nadima, su próximo y doloroso final. Su angustia, sus miedos, su impotencia ante ese cruel desenlace. Esperaba un milagro que no se produciría y a pesar de ser una muerte anunciada, no soportaba la idea de perderla. Su mundo se desmoronaría, perdería su ángel. El final se acercaba y no deseaba vivir si no era junto a ella.

La viuda Brannagh, apenada, en silencio, lo escuchó atentamente. Imaginaba que pocas palabras servirían de consuelo. Tan sólo lo abrazó y mirándolo a los ojos le dijo: “El destino sabrá solucionar las cosas”.

Los dolores habían comenzado, había perdido peso, difícilmente podía ya pasear. Le pidió  que pusiera el sofá junto a la ventana. Consumía horas  enteras  tumbada, contemplando la playa de Sumpthon y sus acantilados. Muchas noches le pedía que le acercara las caracolas y tocara el piano para ella. Las contemplaba una a una… “Estas cuatro son preciosas, creo que te las regalé yo” comentaba.

Su miraba volvía a ser aquella mirada triste y penetrante que descubrió en aquel banco del British Museum.

Aquella mañana, ella lo despertó. Estaba amaneciendo y, después de acusarlo de dormilón, le pidió que la ayudara a bajar a la playa, deseaba dar un corto paseo con él, sentir la brisa del mar, ver y escuchar el romper de las olas y descubrir alguna nueva caracola. Sólo podía caminar apoyada y sujetada por los brazos de Bruno. Pensó, sin duda, que sería la última vez que podría hacerlo.

La semana siguiente fue amarga y dolorosa, su miraba languidecía por días, por horas. A pesar de intentar disimularlo, los dolores sobrevenían cada vez con más frecuencia y cada vez era menor el tiempo de sosiego entre calmante y calmante.

La agonía estaba servida, los dos lo sabían. Ella le pedía constantemente que la estrechara entre sus brazos y ambos, aunque era harto difícil, procuraban no caer en la desesperación para llegar al final con la dignidad que se habían propuesto.

El viernes, antes de dirigirse a la consulta, le administró el calmante. Las pocas horas que había conseguido dormir aquella noche lo había hecho en sus brazos,  en aquel sofá pegado a la ventana que miraba la playa.

Como otras mañanas, la viuda Brannagh, dejó en su puerta una tarta de mora, antes de bajar a pasear por la playa.

Bruno colocó a su lado en una bandeja una buena ración de tarta y un vaso de leche. Nadima se había quedado dormida. Besó su frente y sus ojos y salió silenciosamente intentando no despertarla.

Bajó caminando hasta el pueblo y atendió la consulta como si de un viernes más se tratara. Se encontraba algo nervioso e impaciente, pero con la tranquilidad que proporciona el saber lo que va a suceder.

Fue, como un escalofrío. Bruno acabó rápidamente con el último paciente y se dirigió a la casa a paso ligero. Antes de entrar, bajó a la playa y buscó hasta encontrar las dos caracolas más hermosas que pudo encontrar.

Subió la colina y se detuvo unos instantes en la puerta para contemplar aquella vista tan maravillosa. Esa mañana, las olas parecían haberse calmado y extrañamente lucía un Sol impropio de aquellos días.

Entró en el salón. Nadima estaba en el sofá apoyada en un almohadón con los ojos fijos y abiertos mirando por la ventana. Bruno se quedó mirando sin pestañear aquella belleza que había dado sentido a su vida, se acercó y suavemente con sus dedos cerró sus ojos, los besó, limpió sus labios y sus dedos manchados de mora, apoyó la cara sobre su pecho y lloró amargamente. Bruno comprendió.

Como siguiendo un guión ya escrito. Tomó también un pedazo de tarta. Depositó en la mano de Nadima dos caracolas… “Recuerda que te debía  dos” le dijo,  y abrazado a aquel cuerpo sin vida se recostó en el sofá y contempló como la luz de la noche adelantaba su hora. Se sentía en paz, tranquilo y feliz.

El lunes Bruno no acudió a la consulta. Era la primera vez que sucedía. Dos personas del pueblo decidieron acercarse a la casa del doctor para comprobar si algo había sucedido. Cuando regresaron, comentaron que en la casa no había nadie, que todo parecía en orden, pero ni el Doctor ni su compañera estaban en ella.

La policía estuvo durante tres días registrando la casa y los alrededores, la playa y los acantilados y finalmente fueron dados por desaparecidos. De nuevo comenzaron las  habladurías, los comentarios y las versiones más disparatadas.

Lo cierto es que sólo una persona en el pueblo conocía la verdad y conocía su paradero. La casita de piedra se cerró, se sellaron sus ventanas y nunca nadie volvió a vivir en ella.

Hoy, ya no se encuentran caracolas en la playa de Sumpthon.

Hay quien dice que las corrientes marinas cambiaron y que la marea ya no las deposita en la playa. Pero la superstición popular mantiene una leyenda… Cuando la marea baja, poco antes de amanecer, entre la bruma, pueden verse a dos hombres y una mujer paseando por la playa  recogiendo caracolas.

 

 

 

CARLOS HUSÓN

Un comentario para ““Las caracolas de Sumpthon””

  1. ajavigo dice:

    Me ha encantado este relato, es duro pero precioso a la vez… como siempre, todos tus poemas están llenos de sentimientos humanos. Consigues hacer que la imaginación vuele a esa casita, viendo esos acantilados y paseando por esa playa buscando caracolas… creo que en parte, he desaparecido yo también.

    Un saludo

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