Archivo de la categoría ‘"El Señor de las Palabras"’

“El Señor de las palabras” (Cuento- Carlos Husón)

Sábado, 17 de Enero de 2009

 

  

 

“EL SEÑOR DE LAS PALABRAS“

 

Era un país diminuto, alejado del mundo. Era un país diferente. Quizá todavía por descubrir. Yo tuve la suerte de estar en él  y de hablar con sus gentes.  Los más ancianos me contaron esta historia que ocurrió hace muchos, ….. muchos años.

Era un  país con hermosos paisajes y abundante vegetación, donde habitaban cientos de pájaros de distintas especies y una enorme cantidad de animales pacíficos y en libertad.

Sus montañas, no muy altas, parecían no terminarse nunca, allí donde mirabas, el verde de sus laderas de prados y árboles te inundaba la vista.

Era un lugar extraño. Sus pobladores, estaban, quizá por tradición y conformismo, acostumbrados a ser gobernados por una especie de Feudal que a modo de gobernador, dirigía aquel pequeño país.

Sus habitantes, vivían agrupados en pequeños poblados en los que casi todos eran familia. Dedicados a trabajos artesanales y a las  labores del campo, eran felices. La paz  que se respiraba en aquel país, invitaba a no pensar demasiado y asumir las cosas tal y como estaban.

Sólo una cosa había que les provocaba un gran malestar. No estaban conformes con una manía extravagante de “Su Señor” (así le llamaban) y que hacía acatar sin discusión alguna.

Al contrario de lo que podía imaginarse, en este país, el malestar no se debía el pago de altos impuesto, o privación de derechos importantes, Más bien, al contrario, en esos aspectos estaban contentos y bien tratados. Sus cosechas eran buenas y los impuestos muy bajos… El Señor, cultivaba sus propias tierras, suficiente para el mantenimiento de su castillo y  propiedades, así como  para los gastos que suponían un pequeño cuerpo de guardia y vigilancia poco numeroso.

Tradicionalmente, desde tiempos inmemoriales que ni los más viejos del lugar recuerdan, el Señor se consideraba “El Dueño de las Palabras” que en ese país se pronunciaban. No había palabra que los ciudadanos podían utilizar que no estuviera permitida y autorizada por el Señor. Se imponían grandes multas y castigos por desobedecer esa prohibición tan extravagante  como  enraizada.

El descontento crecía porque “El Señor“, si bien prohibía palabras que la mayoría aceptaba no usar, lo cierto es que se reservaba para él las palabras más bellas.

Todas las palabras prohibidas estaban escritas, una a una. Las bellas en un gran libro de tapas plateadas con hermosos grabados en plata y marfil y las feas, en otro con tapas de piel raída y oscura. Ambos eran conservados en un arca que permanecía, desde siempre, en el Torreón del Castillo, en la sala destinada a las reuniones del Consejo  y que tan sólo El Consejo reunido o el Señor, podía consultar.

La prohibición de pronunciar palabras como odio, ira, venganza, envidia, guerra,… y otras muchas, era aceptada de buen grado y nadie la cuestionaba.

Dada su bondadosa manera de ser, la mayoría de esas palabras no eran muy necesarias y no las echaban de menos, sus vidas eran sencillas y era gente muy pacífica. Amantes de la naturaleza y respetuosos con ella, pues sabían que de ella dependía su manera de vivir y a ella le debían sus vidas.

Había otras palabras como: amor, cielo, pájaro, montaña, río, amanecer, árbol, nube y otras muchas que también estaban prohibidas y sólo podían ser pronunciadas por “El Señor”. Esa era la única cuestión por la que esas gentes iban, poco a poco, perdiendo la alegría y se sentían infelices.

Ya eran muchas veces las que el “Consejo del Pueblo” había expuesto serias quejas ante “El Señor”, por la prohibición de muchas de esas palabras y las multas y castigos a que se les sometía si eran sorprendidos pronunciándolas. Advirtiéndole que, por esa prohibición, la tristeza y la infelicidad se estaba apoderando de las gentes.

Incluso en la última audiencia concedida, amenazaron con dejar de hablar, hasta que se les permitiera el uso de aquellas otras palabras que consideraban bellas y de uso más necesario.

Tal fue el empeño de todos los poblados que se reunió por enésima vez “El Consejo del Pueblo”, formado desde siempre por los doce hombres y mujeres más viejos del lugar y los doce hombres y mujeres más jóvenes.

Finalmente y tras largas discusiones, acordaron por mayoría, y como medida de presión, que todos los habitantes del país dejaran de hablar durante seis meses.

Ni siquiera esa medida que sumió al país en un profundo silencio, sólo roto por los sonidos propios de la naturaleza y los animales, consiguió concesión alguna del Señor, que seguía reservándose aquellas bellas palabras, que todos querían pronunciar con libertad.

Al cabo del tiempo y viendo lo infructuoso de las acciones que emprendían y que nada haría reflexionar al Dueño y Señor de las palabras, decidieron hacer algo que solucionara el problema.

Acordaron dar otro nombre a aquellas palabras que tenían prohibidas, de este modo podrían referirse a ellas sin contravenir ni desobedecer al Señor y sin exponerse al castigo.

Y así empezó a extenderse por el país un lenguaje extraño que daba nombres extraños, no muy afortunados, a cosas cuyos nombres eran hermosos de pronunciar, llegando incluso a usar, dependiendo de la zona, nombres diferentes para una misma cosa.

Llamaban,….  zura a la Luna,  ajaco  al pájaro, asor al amor, ules a las nubes, fuyo al río…y así, una a una, El Consejo bautizó todas aquellas palabras prohibidas. Ninguna quedó sin su nuevo nombre.

Llegó a oídos del Señor y Dueño de las bellas palabras, semejante desvarío y atrocidad. Su enfado era patente, más que por la astuta burla de la prohibición, por la monstruosidad de dejar de llamar a las cosas con su verdadero y bello nombre.

Esa tremenda decisión, le hizo pensar y con la bondad y sabiduría que se le suponía, comprendió que si las palabras bellas le eran prohibidas al pueblo, de una u otra manera, llegarían a perderse.

El Señor, convocó pues al Consejo y ante ellos con toda humildad reconoció su error y su egoísmo al haber guardado sólo para sí, aquellas palabras tan hermosas.

Firmó un Decreto por el que todas las bellas palabras quedarían tachadas del libro plateado  y de este modo, todos los habitantes podrían usarlas con plena libertad. Se acordó asimismo que el libro plateado con las palabras tachadas, quedara guardado como testimonio de los que nunca debió ser prohibido.

Durante los primeros meses las gentes, viejos y jóvenes, gritaban el nombre de los pájaros, hablaban con las nubes, con los ríos, llamaban al amanecer, a la Luna, a los árboles…. La alegría y la felicidad regresaban.

Así fue como ese día, en aquel país, diminuto y alejado del mundo, siguen prohibidas muchas palabras, pero aquellas que son bellas y hermosas, todos pueden pronunciarlas y nunca jamás se perderán en el olvido.

Yo estuve allí, así me lo explicaron y yo, así os lo cuento

© CARLOS HUSÓN