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“El Novelista”

Miércoles, 13 de Mayo de 2009

“El Novelista” ( Relato corto)

 “EL NOVELISTA“

Se limpiaba los dientes frente al espejo como cada mañana. Se los limpiaba a tal velocidad y con tanta fuerza que daba la sensación de querer arrancárselos.

La espuma de la pasta asomaba por toda su boca. Se detenía  de pronto, se miraba al espejo y con la boca llena de espuma, repetía en varias entonaciones… ¡Julio Cordero! ¡Julito Cordero! ¡Don Julio Cordero!. Vaya nombrecito, pensaba. Su apellido, no le gustaba, pero era el que heredó de su madre, dios tenga en su gloria desde hace unos 5 años. A su padre nunca lo conoció.

A los doce años descubrió que el trabajo de su madre era el más antiguo del mundo. Comprendió entonces que la historia de su padre abandonándolos cuando él nació, era una pura y simple mentira.

Julio, sin saber cómo, ya había cumplido 30 años. Era alto, delgado y bien parecido, aunque su aspecto era de soltero descuidado. Casi siempre con barba de tres día, que no mantenía por moda o esnobismo, si no por pura pereza.

Cuando decidía afeitarse, lo hacía con cuchillas, raro era el día que no se hacía una verdadera sangría y se perpetraba cortes por toda la cara y el cuello. La  sangre que le iba goteando era una imagen que le gustaba contemplar en el espejo hasta que decidía remojarse y empezar el proceso de reparación con el pegado de trocitos de papel higiénico que se colocaba en cada corte y así, parcheado, comenzaba a vestirse.

Julio, siempre decía que él no se vestía, se cubría con ropa, de ahí que resultaba pura coincidencia apreciar cierta armonía en su modo de vestir.

Tenía un empleo y un sueldo medio en la Empresa TDSA “Todo Lectores SA”, dedicada a la divulgación y venta de libros por catálogo. Tenía un gato negro, una novia morena de 26 años, la segunda desde hacía tres, un viejo ordenador color gris con el teclado ya bicolor, un viejo televisor que nunca encendía y un coche utilitario lleno de golpes.

El piso que ahora ocupaba fue la herencia de su madre. Lo había abandonado a los 18 años instalándose de alquiler en una población cercana. Así pues, hacía cinco años que había regresado al piso de su juventud. Era de dos dormitorios, céntrico y estaba totalmente pagado.

Él ocupó su antiguo dormitorio, al de su madre nunca entraba y siempre estaba cerrado.

Cualquiera podría pensar al visitar ahora su piso, que Julio se encontraba en  estado previo al Síndrome de Diógenes. Las montañas de libros, revistas, CD y cajas,  se apilaban en columnas que desafiaban el equilibrio. Los estantes estaban repletos de “cosas”,…portafotos, ceniceros, figuritas, jarrones, relojes, velas, cajas llenas de papeles que hacían de archivadores,….Los pocos muebles que tenía, se adivinaban bajo aquella cantidad de artículos varios.

Su ropa estaba absolutamente esparcida por todo el piso y en la cocina y el baño, difícilmente se podía encontrar un hueco para apoyar algo. Por  variedad y cantidad era un espectáculo digno de la mejor tienda de saldos. Desorden y Amontonamiento, serían las palabras para definir su estilo decorativo.

Julio Cordero, además, era escritor, novelista, para más detalles. Con muchos apuros y algún favor, había publicado una novela hacía casi seis años, que le proporcionó escasos ingresos. Siempre pensaba en la Gran Novela que escribiría, de la que se publicarían muchas ediciones y le haría famoso.

En la empresa, ayudaba en las labores comerciales y de divulgación, llamadas a clientes y entrevistas para promoción y quizá por su condición de “escritor”, pertenecía también al comité que seleccionaba, las obras que, por su interés, calidad y coste, se proponían a la dirección para ir incluyendo en los catálogos mensuales.

Aquella noche desapacible y ventosa, decidió no pasarla con su novia, Se quedaría en casa y empezaría la Gran Novela.

La vida y fechorías de una asesino urbano, con unos ingredientes de sexo, brutalidad y sobre todo transmitir al lector que podría sucederle a él, era la idea que le obsesionaba como tema para su próxima novela. No era muy original pero si conseguía darle realismo, sería un éxito porque era  lo que la gente consumía.

Escribía siempre a mano, con uno  de los bolígrafos que, a docenas, se traía de la Empresa. Se hizo un hueco en la mesa, se sentó y  sin pensárselo ni un minuto, excitado y nervioso, comenzó a escribir:

A las 23 horas, sonó el timbre de  la puerta del piso de doña Amparo Fonter, la puerta se abrió y con una sonrisa hizo pasar al hombre que sin duda  conocía. Doña Amparo era una mujer viuda de unos 55 años, bien conservada y considerada entre sus vecinos como mujer afable y amante de la música y la lectura. Pertenecía al círculo cultural de la Ciudad y participaba activamente.

Pasadas tres horas, la puerta se cerró tras el “conocido” de Doña Amparo. Sería precisamente una amiga del Círculo, que había quedado al día siguiente en su casa, la que aviso a la policía, Amparo no abría la puerta, ni respondía al teléfono.

La policía, forzó la puerta  y entró en la vivienda, la radio estaba conectada y sonaba música clásica. Nadie respondía a las llamadas que un policía hacia mientras avanzaban cautelosamente por el pasillo, hacia la sala de estar.

El drama se hallaba ante sus ojos… Doña Amparo completamente desnuda y atada de pies y manos, yacía tumbada en la alfombra de la sala, absolutamente cubierta de sangre y con varias mutilaciones dignas del mejor sádico. La imagen era sobrecogedora, la crueldad y el sadismo del asesino eran evidentes, le había mutilado y colocado las manos de la víctima en la mesita junto a una taza de té y un libro de lectura, le había seccionado los pechos, y había infringido múltiples heridas en la cara, brazos, tórax  y piernas.

En la sala, salvo ese espectáculo, todo estaba en orden y parecía no faltar nada.

La autopsia desveló que había sido violada y que la muerte se había producido a causa de las múltiples heridas que se le infringieron con un arma blanca mientras era violada y que las mutilaciones, se produjeron post mortem.”

Julio, estaba cansado, por fin había comenzado la novela que le sacaría del anonimato. Decidió darse una ducha y acostarse, mañana tenía que estar en el trabajo y entre unas cosas y otras se había hecho demasiado  tarde.

Aquella mañana, transcurrió como muchas otras. Llamó a su novia desde el trabajo y quedaron para cenar en un restaurante cercano a su casa. Ana, se negaba a cenar en su piso y sólo subía para tener sexo en el dormitorio que, aunque desordenado, nada tenía que ver con el caos del resto de la vivienda

Esa fue una noche de sexo que Ana percibió diferente a otras ocasiones, Julio estaba demasiado excitado y tuvo que amenazarle con dejarlo, pues era más el daño que el placer y se sentía maltratada.

Como muchas noches, Julio la acompañó a su casa. Ana era enfermera  y compartía piso con unas compañeras de trabajo. Normalmente hacían el recorrido caminando, pues no vivía demasiado lejos de su piso y no tardaban más de veinte minutos.

Julio, abrió la puerta de su piso, estaba impaciente por seguir escribiendo la novela que había  ía comenzado, así que, sin más preparativos se sentó y continuó:

“Los vecinos del edificio, no daban crédito a lo sucedido, era algo tan espantoso que nunca imaginaron que pudiera sucederles allí mismo. Nadie había visto nada y nadie había oído nada

No hacía ni dos años que en la misma calle, la  encargada de la biblioteca, Doña Ángeles, había sido asesinada. La policía la encontró en el cuarto de archivos, atada de pies y manos encima de una mesa y desnuda. También en esa ocasión, el asesino se ensañó cruelmente con la mujer y consumó la violación. La puerta de la biblioteca tuvo que ser forzada por la policía, lo que indicaba que  Doña Ángeles había permitido la entrada del que sería su asesino.

Nadie pensó que aquel crimen pudiera repetirse y menos en la misma zona. La policía seguía manteniendo que eran hechos aislados, de este modo evitaban que el vecindario empezara a ponerse nervioso. La versión de la policía no convencía a nadie, pues era evidente que se trataba de la misma persona, eran demasiadas coincidencias.

La vecindad estaba convencida que se trataba de alguien conocido, alguien aparentemente normal, del mismo barrio y que quizá habían saludado aquella misma mañana.

En esa misma semana, la puerta del piso de Pilar Azuaga, se abrió, cruzó unas breves palabras con el hombre y cerró la puerta tras de sí. Le ofreció un café y se dirigió a la cocina para prepararlo. Cuando regresó a la sala con la bandeja de los cafés en las manos quedó paralizada. El invitado, de pie junto a la puerta,  se encontraba desnudo sólo con unos guantes y sujetaba un rollo de cinta adhesiva. A los diez minutos, la que sería su tercera víctima, estaba ya desnuda, amordazada y atada de pies y manos en el suelo de la sala.

El asesino, que no dejaba de insultarla, empezó su juego macabro infiriendo heridas cada vez más mortales. Le excitaba ver la cara de dolor y horror, mezclada con la expresión de sus ojos pidiendo compasión mientras no dejaba de apuñalarla y penetrarla al mismo tiempo, hasta que se daba por satisfecho y comprobaba que la mujer estaba muerta.

 El asesino esta vez se dio una buena ducha  y se  vistió con calma. Al salir, en  la sala vio abierto un portátil en una mesita junto al sofá, iba a cerrarlo, pero observó que tenía una conversación abierta en el Messenger y una tal Lucía escribía una y otra vez,.. “ Pilar, ¿dónde te metes?”, “contesta”, ”¿Pilar?”, iba a cerrarlo, pero sintió un impulso que no pudo evita… y escribió en él…” la puta de tu amiga, está muerta”, se entretuvo un poco curioseando por la sala y finalmente con una calma fría, salió del piso.

Cuando estaba en la acera a unos 50 metros, observó que dos coches de policía con la las luces de emergencia puestas se detenían en el portal, del que acababa de salir.

Pensó que esta vez había arriesgado demasiado y debería ser más cauto las próximas veces.”

Julio releyó lo escrito hasta el momento. Estaba satisfecho, pero creía que debía  detenerse y describir más y mejor los momentos más sádicos y morbosos si pretendía que la novela transmitiera realismo y crueldad.

Estaba cansado, pensó que mañana seguiría escribiendo. Apartó las cosas que ocultaban el sofá y sin desvestirse, se tumbó y se quedó dormido.

Soñaba que se quedaba dormido y que el timbre sonaba repetidamente y que aporreaban la puerta. De pronto, tomó conciencia y como un autómata, se puso de pie. El timbre seguía sonando y como para acallarlo, abrió rápidamente la puerta.

Dos hombres le mostraron una placa de policía, lo esposaron, quedó detenido y fue llevado a la comisaría. En ningún momento, Julio, presentó resistencia alguna. Solo repetía una y otra vez que no entendía nada y que debía acabar una Gran Novela.

La identificación del asesino en serie fue posible por la llamada a la policía de la amiga de Pilar. Los llamó asustada explicando el mensaje del Messenger y que a través del chat, su amiga, le había comentado que estaba esperando la visita de un representante de TDSA.

No necesitaron investigar demasiado. En el registro del piso de Julio, se hallaron escritos a mano que no hacían otra cosa que describir con nombres cambiados, los tres últimos crímenes, con detalles sobre los mismos que sólo el asesino podía conocer. De ese modo también relacionaron cuatro casos más, sin resolver, de idénticas características, sucedidos en dos ciudades próximas y anteriores a los de esta ciudad. Estaban perfectamente descritos entre los muchos papeles que Julio acumulaba.

También fueron identificados algunos objetos sin mucho valor y que pertenecían a las víctimas… figuras, libros, ceniceros, relojes,..etc.

Su abogado, estuvo muchos días y horas en la cárcel conversando con Julio. En el juicio, intentó por todos los medios que se le declarara mentalmente enajenado. Aportó testimonios de psiquiatras que alegaron una doble personalidad y relacionaron los crímenes con su madre prostituta, a la que en su subconsciente odiaba y deseaba eliminar de su vida.

Todo fue inútil, el veredicto fue unánime: culpable de siete asesinatos probados. La condena: Pena de muerte.

Su abogado lo visitaba en la cárcel, donde conversaban con la idea de preparar el recurso de apelación que no confiaba en ganar de ninguna manera.

En una de las muchas visitas, su abogado le presentó un documento que le autorizaba a escribir un libro sobre su vida, desde niño hasta el día de su condena. Le cedía los derechos de autor y, a cambio de un 10%, se comprometía a proporcionar toda la información que, sobre su vida, le solicitara.

Habían pasado tres  años desde ese encuentro. El recurso no se ganó, la sentencia fue confirmada y varias apelaciones posteriores, desestimadas.

Una novela fue la más vendida ese año y alcanzó seis ediciones. Se titulaba “El Novelista”.

Julio supo así, antes de ser ejecutado, que la Gran Novela que pretendía escribir, finalmente tuvo un gran exito y la llevaba dentro. ..Era su propia vida.

 

© CARLOS HUSÓN

 Esta entrada se publicó , el Miércoles, 13 de Mayo de 2009 a las 2:36 horas y está guardada bajo Mis Relatos, Relatos. Puedes seguir cualquier respuesta a esta entrada mediante la fuente RSS 2.0. Puedes dejar un comentario o enviar un trackback desde tu propio sitio. Editar esta entrada.

3 comentarios

  1. ajavigo dice:
    28 de Enero de 2009 a las 1:12   editar

Estremecedor relato. Disfruto mucho con las novelas policiacas y de intriga y este relato supera muchas de ellas. Me ha encantado leerlo y descubrir detalles de este novelista peculiar.

Sería todo un best-seller!!! Enhorabuena

  1. Javi dice:
    30 de Enero de 2009 a las 10:48   editar

Una vez más enhorabuena por este relato. En todos los que he leído tuyos describes siempre en su justa medida, al protagonista y su entorno, este no es una escepción.

Sigo leyendote…

  1. sergio dice:
    15 de Febrero de 2009 a las 18:17   editar

Querido Carlos, fantastico. Me encanta sobre todo la transición entre “”la gran Novela” que escribe el protagonista y la realidad del relato. Me has dejado fascinado.
Sigue así, y si necesitas ayuda para el siguiente libro, cuenta con ello.