Archivo de la categoría ‘"Los Jueves"’

“Los Jueves” (Relato corto-Carlos Husón)

Martes, 6 de Enero de 2009

 

 

  

“LOS JUEVES”

No era el primer jueves que, a media noche, despertaba sobresaltado, empapado en sudor y completamente amordazado por sus propias sábanas.

Parecía más una resurrección que un despertar. Era como si regresara de otro mundo y apareciera de nuevo en el presente, con la sensación de venir de otra época pasada a la que sabía que regresaría sin remedio el jueves siguiente.

No conseguía entender por qué ese suceso lo atrapaba  solamente ese día de la semana. Había probado, sin resultado, toda clase de artimañas para  no dormir los jueves y así, no quedar atrapado en aquel siniestro sueño que lo alejaba del presente y escasamente podía recordar.

Pensando que finalmente ese sueño se apoderaría de él, había incluso cambiado los hábitos diarios y domésticos de cada jueves,….  pensar  en cosas diferentes, en estar menos atento a cuestiones trascendentes y conseguir estar más feliz, optimista y despreocupado.

Aún sin entender, por qué el jueves, siempre había pensado que ese maldito sueño, se debía  a su carácter sesudo y a su mal humor y pesimismo.

Salvo por alguna manía algo peculiar, Lucio, no era muy diferente a los hombres de su comarca, y su vida rural y artesana, transcurría atareada y monótona.

Era un buen ebanista, de los que quedan pocos, y muchos eran los que acudían desde la ciudad para hacer sus encargos. La mayoría de las veces Lucio se esforzaba para que, finalmente, los clientes, a regañadientes,  aceptaran casi por completo sus sugerencias y las cosas se hacían, casi siempre, tal y como él quería.

Nada de lo que todos los jueves le sucedía, había comentado con su familia , ni con vecino alguno y lo cierto es que conforme avanzaban las semanas los sueños se convertían en mas angustiosos, como si regresara de más lejos y las pocas imágenes que recordaba, solo le permitían asegurar  que transcurrían en otra época, que parecían muy reales hasta el punto hacerlo dudar durante parte de la mañana , si realmente había realizado aquellos extraños y agobiantes viajes, ya que cada vez su estado de cansancio general se acentuaba a la mañana siguiente.

Una noche de jueves, sería especialmente extraña. Sin saber por qué, aquella mañana había sido una mañana tranquila, dejó de trabajar a primera hora de la tarde y se dedicó a pasear por los campos próximos a su casa, estaba apesadumbrado pensando que quizá para siempre debería resignarse a esas noches tan extrañas  que poco a poco mermaban su salud.

El desconcierto, la impotencia y sobre todo el desconocimiento de lo sucedido esos días, le agobiaba cada vez más y le entristecía.

Se sentó en un lado del camino bajo un viejo árbol centenario conocido en la Comarca como “El Tumbao”, debido a su acusada inclinación. Lucio no era muy creyente y sin saber por qué fijó su mirada en el  cielo, como pretendiendo que alguien allí, pudiera ayudarle.

Sus pensamientos se concentraban cada vez más  en esos sueños, que en las propias labores que con mucho esmero intentaba realizar diariamente.

Aquella noche de jueves, fue diferente, difícil de explicar. Como era de suponer la noche le venció y se sumergió en sueños que a la mañana siguiente recordaría con más claridad. Despertó entre temblores, acostado en el suelo con abundantes marcas y fuertes dolores en todo su cuerpo. Por primera vez se asustó de veras y pensó en tomar alguna decisión al respecto.

Nunca había creído en aquellas personas que dicen interpretan sueños, adivinan futuros, predicen sucesos de toda índole y tienen remedios para todo.

Sabía que a tan solo un día de viaje caminando, en un pequeño poblado casi deshabitado, conocido como “ Lugar Alto” y que pocos nombraban, existía una persona, según le habían contado, que realizaba toda clase de predicciones, sortilegios y componía preparados para aliviar o curar lo que ella llamada “males del alma”.

Se contaban algunas cosas de ella. Siempre se la había conocido como viuda, nadie llegó a conocer a su marido y nadie recordaba cómo había aparecido en ese “Lugar”.

Vivía sola, de carácter tranquilo y poco habladora, ni una palabra de más ni de menos de lo que cada caso requería. Se comentaban curaciones de casos muy extraños y adivinaciones asombrosas que, de no haber sido comentados por gente honorable, hubieran parecido casos no creíbles.

Preocupado por lo que cada jueves le sucedía y  sobre todo, preocupado porque su salud cada vez se veía más afectada, decidió, sin demasiado convencimiento acudir a la llamada  “Doña Úrsula”.

Buscó una excusa para su familia y para justificar el cierre del taller durante un par de días. Comentó que iba a visitar una partida buena madera que le habían ofrecido y deseaba ver el producto y negociar el precio.

Así pues, la mañana de lunes, cansado antes de empezar, se encaminó a ese pequeño lugar, para lo cual tuvo que recorrer varios kilómetros casi sin respiro y así evitar que la noche se le echara encima.

Su cabeza no paraba de dar vueltas y no dejaba de pensar cómo le expondría a Doña Úrsula, lo que le sucedía cada jueves y cada vez con mayor intensidad.

Era verano, así  que, llegado al llamado “Lugar Alto”, consiguió dormir en una especie de casa abandonada y así a la mañana siguiente, poder presentarse ante Doña Úrsula en busca de alguna explicación y remedio.

Doña Úrsula, estaba recogiendo yerbas en un huerto descuidado que tenía junto a la casa. Con un atuendo a modo de bata  blanca y el cabello cano, parecía un ángel en medio de aquella pequeña selva de matorrales. De  avanzada edad,  sin embargo transmitía un aspecto  saludable.

Lucio desde  la valla pronunció su nombre, ella lo miró y como si adivinara sus intenciones le sonrió y con un gesto amable le indicó que fuera hacia la casa.

Una vez en el interior Doña Úrsula, sin pregunta alguna se dirigió a la cocina  y preparado dos limonadas, le pidió que se sentara en un viejo sillón, mientras ella se sentaba en otro frente a él y orientado de espaldas a la ventana. Lucio escasamente podía ver su rostro, no le incomodaba demasiado, pero hubiera preferido no sentarse de ese modo. La limonada era unas de sus bebidas preferidas, así que sin centrarse demasiado en ello, pensó que si tan adivina era, ya debía saberlo.

Bueno, Lucio, explícame, ¿qué quieres contarme?,..Lucio sintió un escalofrío que lo paralizó en el sillón. ¿Cómo podía saber su nombre?… ¿Qué sabía de él?… ¿Quizá lo esperaba?…Intentando superar la sorpresa y como si eso le sucediera cada día, Lucio entró enseguida en la cuestión y le planteó los sucesos que le acontecían todas las  noches de los jueves, desde hacía muchos meses.

Le explicó que si bien, inicialmente no le dio importancia, al ser repetidos y cada vez más intensos, estaba muy preocupado. Que tan sólo recordaba algunas escenas al despertar de aquella especie de pesadillas empapadas en sudor. Que era consciente que viajaba a otras épocas y participaba en acontecimientos dramáticos. Que sus despertares eran cada vez más crueles y dolorosos,  que afectaban en gran medida a su salud en los días siguientes y dejaban marcas en todo su cuerpo.

Doña Úrsula, no pestañeó ni una sola vez, y escuchaba atentamente mientras Lucio le explicaba los pocos detalles que podía recordar.

Lucio terminó de hablar, y tras beber un sorbo de limonada, Doña Úrsula hizo un comentario que si bien por una parte lo tranquilizó, por otra le dejó, si cabe, más sorprendido y desconcertado.

Parece ser y según le explicaba con tranquilidad Doña Úrsula, habían acudido a ella, once hombres de la comarca, repitiendo la misma historia. Así pues, no estaba solo, había más hombres que sólo los jueves por la noche, como él, se sumergían en esa especie de sueño cruel que tan real parecía.

Doña Úrsula le confesó, sin remedio que pudiera ofrecerle, que sólo podía decirle que existían ciertas coincidencias. Se trataba de hombres viudos, sanos, de su edad, unos 50 años, que era gente sencilla y todos de la misma comarca.

Doña Úrsula, sólo pudo prepararle un bebedizo para calmar los dolores del despertar y  aliviar el cansancio. Nada más podía ofrecerle en ese momento., pues ni ella misma acababa de completar una teoría racional o no, que pudiera explicarlo y dejarla satisfecha.

Se despidió con una sonrisa y una frase: “Lucio, el destino de las personas está marcado pero es caprichoso”. Lucio agradeció sus atenciones y se despidió.

El camino de regreso era largo y no dejaba de pensar, que no había obtenido la solución y el remedio para lo que él consideraba ya “una maldición”. La idea de pensar que once hombres más la compartían, lejos de calmarle, le intrigaba mucho más.

¿Quién?, ¿Qué?, ¿Quiénes? ¿Por qué él?, ¿Por qué los jueves?… ¿Qué estaba sucediendo?.

Decidió a su regreso no comentar nada con su familia, sus dos hijas, mucho menos con su madre que pasaba el día ausente, sentada junto a la ventada, confeccionando un mantel de ganchillo que había empezado hacia casi cinco años.

Los meses fueron pasando y nada mejoraba. Los sueños de los jueves se habían convertido en verdaderos suplicios, nunca jamás pudo evitar quedar despierto para evitarlos y su fatiga cada vez era mayor hasta el punto de  impedirle aceptar nuevos encargos pues no se veía capaz de acometerlos.

Llegó un momento que en su cabeza solo había lugar para acumular pensamientos y recuerdos inconexos de sus sueños, de escenas extrañas, de presencia en culturas desconocidas, de graves golpes y heridas.

En los últimos tiempos aparecía incluso con más marcas en la piel y moratones por todo el cuerpo. Es evidente que se estaba deteriorando por semanas y ningún calmante lo aliviaba.

En el mes de diciembre, todos los jueves se repitió, si cabe, con heridas y marcas más abundantes y el cuerpo lleno de golpes. Ese mes, ni un solo día trabajó, su debilidad física y estado de ánimo se lo impedían. Escasamente comía y se alimentaba más de líquidos que otra cosa.

La noche del 31 de diciembre, débil y abatido, felicito el nuevo año a sus dos hijas,  hizo lo mismo con su madre a la que dio un beso en la frente y se acostó temprano. Era jueves, no sería diferente y se acostaba con la sumisión del convicto condenado.

A la mañana siguiente, amaneció con un sol radiante, nada  parecía haber cambiado, salvo una cosa. La cama de Lucio estaba perfectamente arropada y ordenada la habitación, parecía que nunca nadie durmió en ella. Lucio, no estaba.

Sus hijas le buscaron, primero por el resto de la casa, el taller, el huerto, los alrededores, hasta que cansadas de caminar un par de días sin resultados, decidieron denunciar su desaparición.

Poco tiempo después se enteraron que, en otras zonas de la comarca, once hombres más habían desaparecido esa noche sin dejar rastro alguno.

Las especulaciones de los habitantes de la zona, llegaban a buscar explicaciones que a todos interesaban pero que a ninguno convencía.

Unos, aseguraban que habían sido escogidos por seres de otros mundos para hacer experimentos de toda clase con seres de nuestro planeta y que, efectivamente, las noches de los jueves siempre se escuchaba algún sonido no habitual en la zona. Algunos aseguraban haber visto, esas mismas noches, luces brillantes y extrañas junto a “El tumbao”.

Otros, en base a lo que alguno de los doce había explicado, aseguraban que gracias a algún extraño fenómeno, estos hombres habían viajado en el tiempo a épocas remotas y habían tenido que defenderse para regresar con vida.

Otros, no pocos, atribuían estas desapariciones a cuestiones religiosas, designios del Señor que los había escogido para misiones celestiales e incomprensibles para los impuros.

Una tras otra las explicaciones cada vez se volvían más extravagantes. Virus y maldiciones, se mezclaban con suicidios colectivos y designios divinos.

Doña Úrsula, con el objeto de acabar con tanta versión, sin convencimiento alguno, finalmente explicó que, en su opinión, estos hombres, en su estado precario, habían entrado en un estado de locura colectiva y que, conscientes de ello, habían decidido desaparecer para siempre, con el objeto de evitar ser tomados y tratados como locos.

Era una explicación que ni Doña Úrsula podía creerse, pero el prestigio de la adivinadora en la zona y la necesidad de creer alguna versión, hizo que la mayoría la diera por buena.

El tiempo pasó  y cesaron los comentarios… pero lo  cierto es que desde aquel año, cada treinta y uno de diciembre y jueves, nadie de esa comarca se acuesta antes de que surja el Sol y todos los jueves del año, antes de acostarse, ajustan bien las ventanas y miran al cielo.

Doña Úrsula, murió al año siguiente, nadie conoció nunca la verdadera causa de su muerte. La encontraron junto a su cama, amordazada entre sus sábanas, llena de marcas y moratones por todo el cuerpo. Su apariencia denotaba un deterioro físico considerable, aunque su rostro seguía transmitiendo serenidad y esbozaba una leve sonrisa. La autopsia desvelo tan sólo que fue una muerte natural y que había muerto dos días antes, el jueves a media noche.

Nunca volvieron a suceder hechos semejantes y nadie jamás en la comarca volvió a comentar nada más de estos extraños sucesos.

 

© CARLOS HUSÓN