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“El Malecón”

Lunes, 19 de Enero de 2009

 “El Malecón” (Realato corto -Carlos Husón)

“EL MALECÓN”

 

Hacía algún tiempo que no recibía noticias de Él. Siempre eran por carta. Cartas que no eran revisadas ni censuradas porque el remitente, José Matías Fonseca, gozaba desde la juventud con la complicidad de su gran amigo Juan que trabajaba en el Departamento Nacional  del Correo, contratado por el Gobierno para esos sucios menesteres. Era evidente que su amistad  con José Matías estaba por encima de ellos y su correo, entregado en mano, salía del País sin ser profanado.

 Nunca utilizaban el teléfono, su padre insistía en que no era seguro, obsesionado siempre con  lo peor de la dictadura cubana y sus malas artes para cazar a los disidentes del Régimen.

Don Manuel, hacía ya tres años que residía en España. Aprovechó la gira que la Orquesta Nacional de Cuba realizaba por España para pedir asilo político. Manuel Fonseca tocaba el piano, aunque también dominaba los secretos del violín. Era un buen intérprete, sin discusión alguna.

El de Manuel Fonseca, fue uno de los pocos casos conocidos de un componente de la Orquesta Nacional, que consiguiera entrar en ella sin necesidad de poseer el carné del Partido Comunista. Su virtuosismo en la prueba de acceso fue carné suficiente. Eso hizo que, durante  casi quince años, fuera un componente apreciado y no cuestionado.

Tenía tres grandes pasiones… su hijo Matías, la música y pasear por el Malecón de la Habana. En tiempos disponía de una pequeña y descuidada casa estilo colonial, como casi todas por esa zona, asignada por al gobierno y muy cercana al Malecón.

En ella vivían su mujer, que murió de cáncer tres años antes de su “inmigración”, su hijo y una tía vieja y malhumorada que escondía desde siempre su anticastrismo. Todo eso de la revolución del pueblo se lo sabía de memoria y no la impresionaba lo más mínimo porque sabía cómo funcionaba.

Don Manuel, nunca aceptó las condiciones de vida, la falta de libertad, de democracia y el abuso al que estaban sometidos por parte de los destacados miembros del Partido. Amaba su País, pero también veía como, poco a poco, se descomponía y como sus gentes, la mayoría sin  demasiadas aspiraciones, se habían instalado en el conformismo y perdían la visión de un ser humano respetado y libre.

El folklore, la prostitución y la corrupción se habían convertido en el deporte nacional, y la persecución de los disidentes, en el deporte favorito del Régimen, que además, practicaba la autocomplacencia y la exaltación del Castrismo y su revolución, sin pudor alguno.

En aquellos tiempos, sólo los largos paseos por el Malecón, conseguían hacerle olvidar la sensación de desastre nacional y encierro obligado al que estaba sometido. El tributo de silencio, nula opinión o crítica adversa que debía pagar para conservar el trabajo, tampoco   hacían que se sintiera bien consigo mismo.

Aquel malecón le quitaba las penas. Sentir la brisa, oír el ruido del mar, contemplar las olas golpeando  el viejo hormigón y ver como la espuma cubría las rocas y desaparecía entre ellas. Pasaba largos momentos sentado en el muro, ensimismado pensando y contemplando aquel  mar agitado que algún día cruzaría para no volver.

Consuelo, su vieja tía malhumorada y anticastrista hasta la médula, enfermó y finalmente, al cabo de tres meses, murió de un cáncer de pulmón. Esos habanos que consumía sin control, no la ayudaron mucho.

Manuel, echaría en falta aquellas largas noches de charla. Consuelo, siempre con un puro en la boca, compartía con él muchas madrugadas, largas horas de conversación que inevitablemente acaban en una crítica feroz al Régimen. Era una buena terapia para los dos.

Su hijo, trabajaba en una manufacturera de tabaco a unos veinte kilómetros de La Habana.   Allí llevaba trabajando más de seis años y, tras mucho esfuerzo, había conseguido llegar a capataz. No era su trabajo deseado. Había estudiado Literatura y Arte, pero el Gobierno le asignó ese trabajo hasta encontrar un empleo más acorde, eso le aseguraron hacía ya seis años.

Matías, era un joven de carácter tranquilo, había heredado de su padre el sentido de la libertad, el respeto a los derechos humanos y tantas otras cosas que en ese País no existían. Su padre, siempre le había aconsejado que intentara pasar desapercibido y no se metiera en política. Él era joven y llegaría un día que podría defender y poner en práctica sus ideas, sin poner en riesgo su vida.

Tras la muerte de su tía, una noche, quizá la más triste de su vida, se sentó con su hijo, tenía ya que comunicarle su decisión, pues el día se acercaba.

Definitivamente, había decidido exiliarse, aprovechando la gira que la orquesta iniciaba la próxima semana por varias ciudades de España y así se lo explicó a su hijo con lágrimas en los ojos.

Lo habría intentado antes, de no ser por aquel hijo al que adoraba y que tanto le recordaba a su difunta esposa. Era el único tesoro que dejaría en Cuba.

Hoy, sólo le preocupaba que durante demasiado tiempo ya, no recibía noticias de Matías. Era su único contacto con Cuba y la única manera de saber de él y sentirlo más cerca.

Su vida en Madrid, donde finalmente recaló, no había sido fácil. Consiguió a través de otro exiliado bien relacionado, un contrato en un par de salas nocturnas donde tocaba el piano. Por la mañana y parte de la tarde, daba clases particulares de piano, así que andaba todo el día atareado y sólo deseaba llegar a casa para comprobar si había correo de su hijo, tomarse una manzanilla, la pastilla para dormir y acostarse.

Muchas eran las noches que, en sueños, paseaba por el malecón, oliendo la brisa y  charlando con su hijo.

Ya eran tres meses sin saber nada de Matías y su corazón le decía que algo no iba bien.

Una noche, al regresar a su pequeño apartamento, como siempre, se dirigió al buzón y con sorpresa encontró una carta dirigida a él. No era la letra de su hijo, pero estaba sellada en Cuba.

Como casi siempre, el ascensor no funcionaba y tuvo que subir caminando hasta el cuarto piso. Mientras subía aquellos grises escalones, el corazón le golpeaba el pecho como si quisiera salir.

Casi sin aliento y con el corazón batiendo sin descanso, se sentó en su butaca y sin quitarse el abrigo, abrió la carta y leyó:

“Apreciado Don Manuel:  

Finalmente me he decidido a escribirle. Muy a pesar mío, no podía retrasar más esta carta que hubiera deseado no escribir nunca.

Siempre he gozado de la amistad de su hijo y yo soy la persona, a través de la cual, podía enviarle a Ud. el correo sin censura alguna y así ha sido durante los tres últimos años.

Matías me explicó lo de su exilio, de otra manera no me hubiera enterado pues, Usted sabe mejor q ue  yo, el silencio que el gobierno impone sobre estos hechos cada día más frecuentes.

Debo decirle que a las pocas semanas de su exilio, Matías fue destituido de su trabajo, desposeído de la vivienda que ocupaban y acusado de favorecer a determinados trabajadores a cambio de dinero. Finalmente fue condenado a diez años de prisión. No les resultó difícil encontrar quien testificará y el juicio fue una farsa más a la que ya nos tienen acostumbrados.

La represalia por su exilio y el intento de forzar su regreso, era evidente. Ignoraban que esa estrategia era en vano,  ya que Ud. siempre desconocería estos hechos.

Matías permaneció encarcelado más de dos años y pude visitarlo en varias ocasiones, momento que aprovechaba para darme la carta que, como siempre, yo le enviaba. Nunca quiso decirle cual era su situación real, pues sabía cómo le quería y no deseaba que sufriera pensando que toda su desgracia era consecuencia de su exilio o que se le pasara por la cabeza regresar.

Hace tres meses que Matías enfermó, su estado de salud últimamente se había deteriorado bastante, le diagnosticaron una grave enfermedad respiratoria. Las condiciones infrahumanas y la humedad de las celdas, propiciaban este tipo de lesiones en el pulmón y los bronquios. Matías no pudo luchar contra lo inevitable y murió, hoy hace tres semanas.

Pude visitarle en la enfermería de la prisión, sabía que se moría y me hizo jurar que yo le comunicaría su muerte. También me pidió que le transmitiera el inmenso amor y respeto que le tenía y su satisfacción por saber que Usted podría vivir y morir en la libertad que los dos ansiaban.

Lamento profundamente la pérdida de su hijo. Sepa también que Matías descansa en el cementerio de La Habana, personalmente me encargué de todos los trámites del entierro.

Usted ha perdido un hijo y yo he perdido a un gran amigo. Le deseo toda la entereza necesaria para superar estos dolorosos momentos.

Reciba Usted todos mis respetos y mi más profundo pesar.

Juan Ortega

PD. Le adjunto esta tarjeta postal que Matías me pidió que le enviara.”

Las lágrimas de Don Manuel empapaban la carta hasta casi desteñir la tinta,  su corazón encajó de mala manera aquel golpe. Su cabeza, simplemente, no lo encajaba.

Amaneció y allí seguía sentado e inmóvil en aquella butaca con los ojos rojos e inflamados mirando la luz que poco a poco se hacía más visible.

Tuvo la sensación de estar en el Malecón, viendo amanecer, paseando y charlando con su hijo y oliendo el mar y la brisa.

Pasó una semana, alguien golpeó repetidas veces la puerta y finalmente con una palanca forzó la cerradura y pudo abrirla.

Encontraron a Don Manuel sentado en la butaca, en el suelo había un frasco de pastillas para dormir completamente vacío y un vaso de manzanilla que había mojado la alfombra. En su mano había una postal con una vista al atardecer del Malecón de la Habana y detrás tres líneas… ¡Maldito Malecón!… ¡Maldito  Castro!… ¡Viva Cuba Libre!

© CARLOS HUSÓN