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“Las caracolas de Sumpthon”

Domingo, 10 de Enero de 2010

“Las caracolas de Sumpthon” ( Relato corto)

“LAS CARACOLAS DE SUMPTHON”

 

Sobre la colina alfombrada de verde, aquella casita de piedra,  aunque un poco alejada del pueblo, disponía de unas vistas espectaculares sobre la playa y los acantilados de Sumpthon. Pertenecía a la viuda de Brannagh, el veterinario.

Nadie en el pueblo entendió jamás como Bruno pudo convencerla para que se la alquilara. Nunca había estado alquilada a nadie. Lo cierto es que Bruno era de las pocas personas en las que confió y con la que, más adelante, consiguió mantener una buena relación. Él respetaba y apreciaba a la viuda Brannagh, siempre le pareció una persona educada, culta y discreta. Con facilidad, compartía con ella sus inquietudes siempre que tenían ocasión de  conversar.

La  afición por las caracolas era mutua y muchas mañanas, antes de acudir a la consulta, observaba como bajaba a la playa con su destartalada camioneta y a pie, paseaba hasta los acantilados y recogía conchas y caracolas. Muchos también eran los días que se detenía previamente en su casa y dejaba en el porche un pastel de moras, por el que Bruno sentía especial debilidad.

La viuda no se relacionaba mucho con los vecinos del pueblo. Siempre fue una mujer enigmática. Ahora vivía en el pueblo, en Calingford, en la casa de sus difuntos padres, pero  había vivido con su marido hacía muchos años en la casita de la colina, hasta que un día él desapareció sin dejar rastro.

Hubo muchas habladurías. La superstición fabulaba sobre esa desaparición, hasta el punto de comentar que Peter Brannagh, nunca habría abandonado su pueblo y que alguien le quitó la vida. Hubo investigaciones, interrogatorios, registros. Todo fue inútil. El cuerpo de Brannagh nunca se encontró. Finalmente, al cabo de veinticinco años, ella fue oficialmente  declarada como su viuda.

Como la mayoría de las casas rurales irlandesas, no era grande, pero tenía un aspecto sólido y muy confortable; disponía de dos plantas: un salón con un gran ventanal orientado a la playa y los acantilados, una pequeña y rústica cocina y una habitación tipo estudio, completaban la primera planta. La segunda, totalmente abuhardillada, alojaba un baño, un pequeño dormitorio y el dormitorio principal. Un discreto porche a modo de mirador, cubría la entrada donde se apilaba ordenadamente leña cortada y un pequeño jardín o huerto trasero, ahora abandonado, completaban aquella propiedad.

La decoración era sencilla, pero cálida y acogedora. Muebles de madera maciza, un viejo piano, un amplio y cómodo sofá, acompañado de un gran sillón de piel en el salón y una gran chimenea de piedra que, por su aspecto, parecía más antigua que la propia casa. Todas las ventanas tenían sus cortinas blancas con bordados. La viuda Brannagh acudía de vez en cuando a la casa para limpiarla y mantenerla como si alguien tuviera que ocuparla algún día.

Allí vivía Bruno desde hacía casi cuatro años. Era el médico de Calingford. La casa de la colina no distaba más de cuatro kilómetros del pueblo. Un trayecto que Bruno realizaba casi siempre caminando o con la vieja bicicleta que venía incluida en el inventario de la casa.

Bruno era español. Había estudiado la carrera de medicina en Santiago de Compostela, allí nació, allí ejercía como médico, allí vivía con sus padres y allí quedó huérfano una mañana de otoño, hace ahora cinco años, justo el día que Bruno cumplía treinta y dos. Sus padres  murieron atrapados en su coche cuando regresaban de La Coruña de visitar a unos amigos. Un camión salió de entre la niebla y fue a chocar frontalmente contra ellos.

Pasó varios días encerrado en casa, invadido por la pena, aturdido y desorientado. Se dio cuenta de que se había quedado solo. Sus padres habían muerto y era hijo único.

No deseaba seguir viviendo en esa casa, ni en esa ciudad ni seguir como médico en el Hospital Clínico.

Unas semanas antes del suceso, había llegado a sus manos una oferta de trabajo en Irlanda que solicitaba médicos rurales con conocimientos de inglés para un contrato de cinco años renovable. Aunque estaba interesado, no llegó a comentarlo con sus padres. La remota posibilidad de plantearlo como algo realizable, les hubiera parecido una locura. Ahora, sin dudarlo, decidió aceptarla.

Allí podría hacer realidad una de sus pasiones, ejercer la Medicina Rural.

Nunca supo entender la medicina de otra manera que no fuera ejercerla como médico en su más amplio sentido, donde, mal que bien, deben aplicarse todas las prácticas y donde los pacientes sobrepasan ese papel y se convierten en personas más cercanas, haciendo en muchas ocasiones del médico el confesor y consejero de muchos de sus problemas.

Puedo decir que los vecinos le tenían gran aprecio como persona y como médico. Bruno era una persona muy discreta, tenía un carácter abierto y simpático y desprendía buenas vibraciones. Lo consideraban un buen médico. Eran muchos los días que algún vecino le invitaba a comer con su familia y en muchas ocasiones, por cortesía, aceptaba.

Trabajaba en la consulta por la mañana y si no era reclamado por alguna urgencia o imprevisto, pasaba toda la tarde en su casa, leyendo, practicando en el piano y dando  largos paseos por la playa recogiendo caracolas que luego seleccionaba y colocaba en unos estantes junto a la chimenea.

Aquella semana, rompió su rutina y decidió viajar a Londres para asistir a unas jornadas sobre “Prácticas de la medicina en el Medio Rural” organizadas por la “Sociedad Médica Londinense”.

La primera sesión había ocupado toda la mañana  y disponía de una tarde libre. Como buen amante de la pintura decidió visitar el “British Museum”, que no conocía.

Allí la descubrió accidentalmente, como casi todas las cosas buenas de la vida.

Era bellísima, estaba sentada como una estatua, con la mirada fija en el cuadro que tenía enfrente. Sus ojos negros llorosos parecían penetrar en aquel óleo.

Estuvo contemplando aquella belleza que, sentada sin mover un músculo, parecía no estar allí. El cuadro que se abría ante sus ojos era de un pintor irlandés. Representaba una zona de la costa irlandesa, unos acantilados al fondo y dunas de arena que precedían a un mar espumoso, con las olas despeinadas por el viento y un horizonte que mostraba un atardecer luminoso y sombrío al mismo tiempo.

Aquel paisaje le era familiar, en parte. Durante los últimos cuatro años de su vida contemplaba uno muy parecido desde las ventanas de su salón.

No pudo resistir la tentación de sentarse a su lado. Al hacerlo pudo percibir su aroma, un aroma que embriagaba, mezcla de frutas y canela. Allí sentado, tenía la sensación de compartir sus emociones.

Decidió romper aquel silencio y con el temor de ser ignorado, o de estropear la magia del momento, sin dejar de mirar el cuadro, hizo un comentario en voz baja… “Por las mañanas, cuando baja la marea, se descubren en la arena hermosas caracolas”. Sin girar la cabeza, notó que ella giraba la suya y sus ojos negros lo miraban. Con una voz de seda le preguntó,  ¿De verdad son hermosas?… Sí, puedo asegurarle que sí, respondió Bruno buscando su mirada.

Siguió mirándolo a los ojos y, con una leve sonrisa, le comentó que cada jueves iba al museo y paseaba por esa playa durante horas pero no había conseguido encontrar ninguna caracola.

No podía dejar de mirarla, era tal su belleza que hubiera estado contemplándola durante horas. Tenía una cara angelical de piel sedosa y morena, una corta melena negra azabache y unos ojos negros llenos de ternura y penetrantes al mismo tiempo.

Me llamo Nadima… Nadima Amara, soy de Etiopia. Encantado, contestó… Yo soy Bruno, soy español, llevo viviendo en Irlanda casi cuatro años y me gustaría invitarla a tomar un café.

Bruno, casi avergonzado, no sabía cómo habían llegado esas palabras a su boca.

Lejos de reprocharle su atrevimiento, ella asintió con toda naturalidad y se dirigieron a la cafetería del Museo.

Ver ahora su silueta caminar, su manera de sentarse, el movimiento de sus manos, su mirada, su sonrisa, era una sensación inexplicable. Se podría decir que estaba hipnotizado.

El inglés de Bruno no era el mejor, Nadima en cambio, hablaba un inglés correcto, adornado con un exótico acento. Hablaba sin levantar la voz, dulce y calmadamente; escucharla era una sensación placentera.

Pasaron varias horas conversando y varios cafés fueron testigos. Sincerarse y compartir historias de sus vidas era algo que fluía con total normalidad.

Nadima, no sólo sabía escuchar, mientras lo hacía, transmitía la sensación de sentir las vivencias que le explicaba. Se interesaba por los detalles y preguntaba sin pudor para entenderlas mejor.

Invitaba a la conversación. Inspiraba confianza, era como si la conociera de toda la vida. Le explicó que era médico rural en un pueblecito… La casa donde vivía… Que podía  contemplar la playa cada día… Los acantilados… Dónde había estudiado, anécdotas de su vida de estudiante… La trágica muerte de sus padres, su soledad, la decisión de viajar a Irlanda…

Le confesó que amaba el mar, pasear por sus playas, contemplar las olas y los atardeceres, recoger caracolas,  tocar un viejo piano, comer pescado y leer libros biográficos frente a la chimenea hasta quedarse dormido… Quería explicarle tantas cosas que no paraba de hablar. Ella lo escuchaba con todo el interés sin quitar la mirada de sus ojos.

Bueno, no sé que me pasa, comentó, estoy abusando, ahora es tu turno, explícame cosas de ti.

Nadima, me regaló una sonrisa, con toda naturalidad, cogió mi mano entre las suyas y me explicó que era hija de un adinerado e importante comerciante de alfombras y tejidos en Addis Abeba, que, aunque joven (no debía tener más de treinta años) era viuda, en este caso,  de un marido asignado por su padre cuando ella tenía 18 años. Esposo al que nunca quiso y que sólo soportó como parte de un trato comercial, al que era imposible renunciar.

En su país, nacer mujer no supone una vida fácil. Su marido murió de una neumonía y tras su muerte, su padre consintió que se trasladara a estudiar a Londres, con la condición de que cursara estudios de economía y regresara después a Etiopía, seguramente para ser desposada de nuevo y ayudar en el negocio familiar.

Le explicó que también era una enamorada del mar y  de las dunas de arena. Su fantasía era pasear descalza por la playa, vivir junto al mar, dormir arropada por el sonido de sus olas. Le gustaban los niños, cocinar, comer pasteles, los baños de espuma, los perfumes, y también tocaba el piano.

Como si hubiera querido que nunca llegara ese momento, Nadima bajó la mirada y  comentó que había terminado sus estudios  y la próxima semana debía regresar a su país.

La sonrisa de Bruno se deshizo y la mirada de Nadima expresaba una tristeza que no podía ocultar.

Estaba enamorado de aquella mujer, sentía por ella una atracción que nunca había sentido por nadie. Su belleza, su sensibilidad, su aspecto bondadoso y su sencillez le habían  atrapado. Había encontrado su Ángel y lo perdería en una semana.

Bruno, no sabía que la peor noticia estaba por llegar. Nadima sacó un sobre arrugado de su gabardina y se lo entregó. Con la voz entrecortada, le comentó que se lo habían entregado hacía tres semanas y que, a parte de ella, era la única persona que conocería su contenido.

El membrete del sobre correspondía al  “Departamento de Oncología del Royal Marsden Hospital” de Londres.

Bruno abrió el sobre. Era médico y entendió rápidamente lo que estaba leyendo. Un cáncer con metástasis óseas se había apoderado de su cuerpo y le arrebataría la vida en un máximo aproximado de seis meses.

Bruno la miró en silencio y con una rabia incontenida, estrujó el papel entre sus manos, bajó la cabeza y empezó a llorar. Nadima acercó sus manos, levantó su rostro y le pidió que la perdonara por el dolor que le estaba causando.

Las luces de la cafetería se iban apagando. Educadamente les invitaban a salir. Las horas que habían estado conversando, transcurrieron sin darse cuenta y absortos no habían percibido que eran las únicas personas que quedaban en el  local.

Bruno estrechó con fuerza sus manos… Le comentó que pudiera parecer una locura, que nunca le había sucedido algo así, pero que se había enamorado, que la quería, que sus sentimientos y su amor eran sinceros. Que deseaba con toda su alma compartir con ella lo que le quedara de vida y destinar ese tiempo a hacerla feliz. Le pidió esa oportunidad, la posibilidad de intentarlo.

Bruno seguía hablando… Viviremos junto al mar, contemplarás las dunas y podrás  escuchar las olas cada día. Pasearemos por la playa y yo recogeré hermosas caracolas para ti.

Presiento que no deseas regresar a tu País, comentó angustiado Bruno.

Nadima, no lo hagas, quédate a mi lado. Seré tu cómplice, seré tu amigo y seré tu amante si así lo deseas. Sólo tienes que decir sí.

Salieron de la cafetería y la mirada de Nadima seguía entristeciendo por momentos. Su hotel estaba cerca y le pidió que fueran caminando. A los pocos metros empezó a llover y como si la lluvia no les importara, caminaron lentamente y en silencio hasta llegar junto a la entrada.

Ella acercó las manos de Bruno a sus mejillas empapadas de lluvia y lágrimas, y acercándolas a sus labios, besó la palma de sus manos. Le dijo que era el hombre más cariñoso y amable que nunca había conocido, y le confesó que sus sentimientos hacia él eran también intensos y sinceros, pero la decisión era importante y debía pensarlo. Su Padre, su País, su enfermedad. Demasiadas cosas se agolpaban en su cabeza.

Bruno, en la despedida, escribió precipitadamente su dirección en Irlanda. Puso el papel en el bolsillo de su gabardina y sin perder su mirada, le dijo que allí la esperaría cada día.

Besó sus mejillas y sus ojos y se alejó bajo la lluvia sin rumbo fijo pensando qué había sucedido para que ansiedad, dolor e ilusión se dieran cita en su corazón de una manera tan intensa. No podía hacer más. No deseaba agobiarla y tampoco podía presionarla.

Al día siguiente, por la mañana, regresó a Irlanda. Deambulaba por la casa como perdido. Estaba nervioso, ordenaba y desordenaba cosas, pasaba del piano a la lectura y de la lectura al piano. Estaba triste, ansioso; recorrió varias veces la playa y se sentó en la arena. No podía dejar de pensar en Nadima, veía su rostro, su sonrisa, sus ojos, su inquietante tristeza. Aunque suponía un tormento, no quería dejar de pensar en ello.

Transcurrieron varios días, acudía como todas las mañanas a la consulta médica en el pueblo, donde atendía a los pacientes de casi siempre. Y, como siempre, escuchaba sus problemas y dolencias. Se notaba triste y ausente. Su mente estaba en otro sitio.

Acabó la semana y Nadima no apareció. Supo entonces que aquel día en Londres había sido más un sueño que una realidad. Se reprochó haber imaginado, siquiera por un instante, que algo tan hermoso y mágico pudiera suceder en su vida.

El lunes lo devolvió a la realidad, era un día de otoño frío y con algo de niebla. Se dirigió como cada mañana a la consulta y regresó caminando a su casa.

Cuando se aproximaba, entre la niebla, sus ojos no lograban adivinar en la distancia la imagen de una persona sentada en el pequeño porche al lado de la puerta. Vestía una gabardina casi blanca y un pañuelo de colores cubría su cabeza. ¡Conocía esa gabardina! Y esa piel morena, aun de lejos, era inconfundible. No era un espejismo. Era su ángel.

Un escalofrío recorrió todo su cuerpo, sus piernas quedaron paralizadas y su corazón batía  descontrolado. ¡Era ella!¡Estaba allí sentada!

Nadima había decidido aceptar aquel pedazo de felicidad que la vida parecía ofrecerle como último regalo.

Gracias… Gracias… Gracias, repetía Bruno mientras acariciaba y besaba su cara y sus labios. Los dos tenían los ojos empañados por las lágrimas. En aquellos momentos, sus pensamientos no dejaban espacio para otra cosa que no fuera pensar que estaban allí, que estaban juntos y que se sentían felices.

Mira Nadima, susurró Bruno, esa es tu playa, no es un lienzo, en ella sí hay caracolas, podrás pasear y sentir la arena y la espuma de las olas en tus pies.

Colmaban los días y las semanas con paseos por las colinas, largas noches de caricias y conversaciones.

Nadima no dejaba de explicarle cosas de su país, de su niñez, de su juventud, historias y anécdotas, algunas tristes, otras alegres. Bruno escuchaba embelesado. Cada día la conocía más y cada día más la amaba.

Eran muchas también las tardes de lectura frente a la chimenea acompañados por el batir lejano de las olas. A veces levantaban la vista del libro y cruzaban sus miradas que lo decían todo. Algunas tardes Nadima pedía a Bruno que le ayudara en la cocina y preparaban tartas de fruta que tanto les gustaban. Después de la cena, Bruno tocaba el piano y no eran pocas las veces que Nadima se levantaba y, sentada junto a él, le acompañaba ocupando parte del teclado.

Al principio, los paseos por la playa eran casi diarios, abrazados recorrían la playa una y otra vez. Recogían las caracolas que la marea dejaba medio enterradas en la arena y escogían las más bonitas. Bruno le regalaba las que encontraba y Nadima hacía lo mismo… Siempre acababan el paseo con un saldo desigual. ¡Nadima! decía Bruno sonriente, “recuerda que me debes tres caracolas”.

En muchas ocasiones Nadima caminaba descalza por la playa, esa sensación era para ella irrenunciable. Bruno lo consentía, no sin antes recriminarle que era una joven que nunca obedecía a su médico.

No podía ni quería negarle nada.

Cuatro meses de felicidad llenaron sus vidas. Tan sólo deseaban pasar juntos la mayor cantidad de horas. Los dos se dedicaban a procurar felicidad al otro. Entendían que era la única manera de sentir su propia felicidad.

La viuda Brannagh, les hizo alguna visita, y aprovechaba para llevarles su famosa tarta de moras, que a Nadima le parecía también exquisita y devoraba en pocas horas como un niño.

Hacía algunas semanas que no se veían. La viuda Brannagh acudió una mañana a la consulta, con el pretexto de un pequeño resfriado. En la última visita, sus grandes dotes de observación le habían permitido notar cómo Bruno trataba de disimular un cierto aire de tristeza.

La viuda miró fijamente a Bruno y directamente le preguntó: ¿Qué pasa Bruno? Sé que pasa algo, no puedes engañarme.

Bruno, no pudo evitarlo, puso la cabeza entre sus manos y comenzó a llorar. Le explicó la historia de Nadima, su próximo y doloroso final. Su angustia, sus miedos, su impotencia ante ese cruel desenlace. Esperaba un milagro que no se produciría y a pesar de ser una muerte anunciada, no soportaba la idea de perderla. Su mundo se desmoronaría, perdería su ángel. El final se acercaba y no deseaba vivir si no era junto a ella.

La viuda Brannagh, apenada, en silencio, lo escuchó atentamente. Imaginaba que pocas palabras servirían de consuelo. Tan sólo lo abrazó y mirándolo a los ojos le dijo: “El destino sabrá solucionar las cosas”.

Los dolores habían comenzado, había perdido peso, difícilmente podía ya pasear. Le pidió  que pusiera el sofá junto a la ventana. Consumía horas  enteras  tumbada, contemplando la playa de Sumpthon y sus acantilados. Muchas noches le pedía que le acercara las caracolas y tocara el piano para ella. Las contemplaba una a una… “Estas cuatro son preciosas, creo que te las regalé yo” comentaba.

Su miraba volvía a ser aquella mirada triste y penetrante que descubrió en aquel banco del British Museum.

Aquella mañana, ella lo despertó. Estaba amaneciendo y, después de acusarlo de dormilón, le pidió que la ayudara a bajar a la playa, deseaba dar un corto paseo con él, sentir la brisa del mar, ver y escuchar el romper de las olas y descubrir alguna nueva caracola. Sólo podía caminar apoyada y sujetada por los brazos de Bruno. Pensó, sin duda, que sería la última vez que podría hacerlo.

La semana siguiente fue amarga y dolorosa, su miraba languidecía por días, por horas. A pesar de intentar disimularlo, los dolores sobrevenían cada vez con más frecuencia y cada vez era menor el tiempo de sosiego entre calmante y calmante.

La agonía estaba servida, los dos lo sabían. Ella le pedía constantemente que la estrechara entre sus brazos y ambos, aunque era harto difícil, procuraban no caer en la desesperación para llegar al final con la dignidad que se habían propuesto.

El viernes, antes de dirigirse a la consulta, le administró el calmante. Las pocas horas que había conseguido dormir aquella noche lo había hecho en sus brazos,  en aquel sofá pegado a la ventana que miraba la playa.

Como otras mañanas, la viuda Brannagh, dejó en su puerta una tarta de mora, antes de bajar a pasear por la playa.

Bruno colocó a su lado en una bandeja una buena ración de tarta y un vaso de leche. Nadima se había quedado dormida. Besó su frente y sus ojos y salió silenciosamente intentando no despertarla.

Bajó caminando hasta el pueblo y atendió la consulta como si de un viernes más se tratara. Se encontraba algo nervioso e impaciente, pero con la tranquilidad que proporciona el saber lo que va a suceder.

Fue, como un escalofrío. Bruno acabó rápidamente con el último paciente y se dirigió a la casa a paso ligero. Antes de entrar, bajó a la playa y buscó hasta encontrar las dos caracolas más hermosas que pudo encontrar.

Subió la colina y se detuvo unos instantes en la puerta para contemplar aquella vista tan maravillosa. Esa mañana, las olas parecían haberse calmado y extrañamente lucía un Sol impropio de aquellos días.

Entró en el salón. Nadima estaba en el sofá apoyada en un almohadón con los ojos fijos y abiertos mirando por la ventana. Bruno se quedó mirando sin pestañear aquella belleza que había dado sentido a su vida, se acercó y suavemente con sus dedos cerró sus ojos, los besó, limpió sus labios y sus dedos manchados de mora, apoyó la cara sobre su pecho y lloró amargamente. Bruno comprendió.

Como siguiendo un guión ya escrito. Tomó también un pedazo de tarta. Depositó en la mano de Nadima dos caracolas… “Recuerda que te debía  dos” le dijo,  y abrazado a aquel cuerpo sin vida se recostó en el sofá y contempló como la luz de la noche adelantaba su hora. Se sentía en paz, tranquilo y feliz.

El lunes Bruno no acudió a la consulta. Era la primera vez que sucedía. Dos personas del pueblo decidieron acercarse a la casa del doctor para comprobar si algo había sucedido. Cuando regresaron, comentaron que en la casa no había nadie, que todo parecía en orden, pero ni el Doctor ni su compañera estaban en ella.

La policía estuvo durante tres días registrando la casa y los alrededores, la playa y los acantilados y finalmente fueron dados por desaparecidos. De nuevo comenzaron las  habladurías, los comentarios y las versiones más disparatadas.

Lo cierto es que sólo una persona en el pueblo conocía la verdad y conocía su paradero. La casita de piedra se cerró, se sellaron sus ventanas y nunca nadie volvió a vivir en ella.

Hoy, ya no se encuentran caracolas en la playa de Sumpthon.

Hay quien dice que las corrientes marinas cambiaron y que la marea ya no las deposita en la playa. Pero la superstición popular mantiene una leyenda… Cuando la marea baja, poco antes de amanecer, entre la bruma, pueden verse a dos hombres y una mujer paseando por la playa  recogiendo caracolas.

 

 

 

CARLOS HUSÓN

“Recuerdos”

Jueves, 16 de Julio de 2009

“Recuerdos” ( Relato Corto)

“RECUERDOS”

Julio, se despertó desorientado,  como si no supiera donde estaba. Le ocurría con frecuencia, tardaba  unos segundos en reconocer el sitio y ubicarse. Por fin conseguía desacelerar el corazón y calmarse.

Le gustaba, después de esa fase de desconcierto, quedarse unos minutos en la cama pensando.

Seguía con su costumbre de niño. Se deshacía de la ropa de dormir que lo había mantenido atrapado toda la noche entre apreturas  y sudores y  se quedaba tendido desnudo. Le gustaba esa sensación de libertad y desahogo. Lo que era una costumbre de antaño, se había convertido en una manía litúrgica.

Sus pensamientos le llevaban a los tiempos que, con su tío, recorrían pueblo tras pueblo.

Su tío Damián, tenía en propiedad una vieja  furgoneta  verde, que, a pesar de su vejez, llegaba siempre a sus destinos. En ella, llevaba instalado un proyector  de cine y varios rollos de películas, no  más de dos o tres.

Su trabajo consistía en proyectar por la noche en las plazas de los pueblos, lo que él llamaba, “Lo último en estrenos cinematográficos”.

Lo cierto es que cuando llegábamos a un pueblo, esa  vieja   furgoneta verde, con el rótulo “El cine en  casa”, era como un soplo de aire fresco  para aquella gente pueblerina, que , aparte de las fiestas del pueblo, parecía aburrida  y sin demasiadas ocasiones para salir del tedio y el aburrimiento.

Mi padre murió hace más de diez años, su hígado, no aguanto más, el alcohol colaboro decisivamente en aquel desenlace. Mi madre murió también, cuando apenas tenía 3 años. Casi no tengo recuerdos de ella, salvo alguna foto  grisácea que guardo como un tesoro. Nunca entendí como aquella mujer tan bella, y con esa apariencia tan dulce,  se había casado con mi padre, al que pocas virtudes le adornaban. Nunca podre preguntárselo.

Ahí me tienes, a los 14 años, solo y sin oficio.

Mi tío, me acogió sin dudarlo. Era viudo y creo que ya empezaba a necesitar un ayudante. No quiero decir que no me quisiera, pero su trato  era áspero, su carácter introvertido y no destilaba mucho cariño.

Recuerdo el  entusiasmo con el que  recibían nuestra llegada al pueblo de turno… La gente, especialmente los niños, rodeaban nuestra furgoneta, chillando y preguntando… ¡Cineroooo!… ¿Qué películas nos vas a poner esta noche?

Mi tío, se sentía como un Rey Mago, y la respuesta era la misma del pueblo anterior: “Dos  películas de estreno que no debéis  perderos”.

Como casi siempre, los estrenos se reducían a películas, estrenadas hacia algunos años, principalmente de romanos, del oeste y películas románticas, de llorar, que decían los  vecinos. Eran las películas que gustaban y mi tío hacia el milagro de que pudieran disfrutarlas.

El ayuntamiento, nos pagaba una habitación en la pensión del pueblo, si la había, o nos alojaba en casa de algún vecino, al que suponemos le compensaban con alguna pequeña cantidad.

A veces mi tío, estaba de buen humor  durante las proyecciones,  y si le dejaba todo preparado y en orden, dejaba que me  ausentara .De este modo, como ave nocturna, podía ir en busca de alguna  mozuela  ardiente  que prefería mas a  los “extranjeros” que a los propios del lugar.

 Aquellas jóvenes, en la apasionadas, difícilmente podían tener escarceos fuera del noviazgo sin el riesgo de ser tachadas de mujeres ligeras y a las que la mala fama podía acompañar durante años. En los pueblos, cuesta  más olvidar. Eso, siempre jugaba a mi favor.

No tuve mala suerte…. Mi  edad,  de los 16 a los 20 años (fueron cuatro  los que anduve junto a mi tío). Mi  aspecto de chico de capital… Ser “extranjero”  y bien parecido, me facilitaban las cosas. Podría decirse que en muchos  pueblos me esperaba  alguna jovencita deseosa de repetir.

Una de ellas me robó el sentido. Angelina, era especial, preciosa , diferente al resto. Su media melena rubia y sus ojos azules parecían no pertenecer a ese lugar. Yo tenía diecinueve  años, ella dieciocho recién cumplidos. . Nos limitábamos acogernos de la mano y  pasear bajo la luna  conversando. Fue un ángel que se cruzo en mi camino y mi primer amor.

Deseaba que llegara la visita a su pueblo para poder volver a verla. Ansioso, no veía el momento  de   abrazarla, besarla, de tenerla entre mis brazos, de prometerle mi amor. Era como un ángel. Creo que estaba complemente enamorado de ella y que era correspondido. Me sentía feliz y dichoso

Mis malas trazas y mi calentura, hicieron que, ella, cediera a mis deseos y una noche de verano, paseando abrazados por las afueras del pueblo, y mientras los sonidos de las películas se escuchaban a lo lejos, en mitad de la noche, la hierba acogió nuestros cuerpos desnudos e  hicimos el amor iluminados por la luna. Fue una de las noches más hermosas de mi vida. Nunca la olvidaré.

En uno de los últimos viajes, la busque desesperadamente y no conseguí  localizarla, ¡no estaba!…No quise preguntar a nadie para no despertar comentarios y habladurías.Fue una noche solitaria y triste

Fue en la segunda visita, al cabo de un mes, cuando, al comprobar que seguía ausente, decidí a preguntar a su grupo de amigas.  Entre risitas, me comentaron que se había ido  lejos, a vivir con unos  tíos , y  que no sabían dónde.

Desde ese instante, supe que no volvería a verla y  mi vida ya no sería la misma.

Los recorridos por los pueblos se hacían monótonos y tediosos. Estaba triste y  cambio mi carácter, creo que eso influyo en mi  apatía a la hora de cumplir con mi papel de “ayudante de proyección” como decía mi tío.

Un día, cuando acabo la proyección, mi tío, hablo conmigo…. Mira Julio, yo me vuelvo viejo, me canso  de ir de aquí para allá. Esta vida se acabo para mí. No veo en ti el entusiasmo necesario ni las ganas de seguir con este negocio, así que, he encontrado un amigo que me comprara  la furgoneta y todo el equipo. Le acompañare en una gira completa y será la última.

Julio había cumplido los 25 años y seguía residiendo en casa de su tío, al que los achaques visitaban con demasiada frecuencia.

De repente, como si alguien lo hubiera clavado un par de espuelas,  salto de la cama,..Se le había pasado el tiempo rememorando aquellos recuerdos.

A toda velocidad, se ducho. Mientras se iba vistiendo, masticaba el desayuno rematado por una taza de café que tomaba  camino  de la puerta.

Esta vez más llegaría tarde al trabajo, la tienda de “Fotoprix”  en la que trabajaba hacia casi  tres años. Sospechaba que la  encargada  bebía los vientos por él y que, como en otras ocasiones, la bronca por el retraso, sería un mero trámite.

Cuando regreso a casa, en el buzón había una carta sin remite. Le era familiar y  la esperaba cada año para esas fechas. Contenía solamente una fotografía  de una hermosa  niña de cinco años, rubia, de ojos azules y con cara de ángel.

Como cada mes  de abril, mientras miraba la foto, una mezcla de orgullo e infelicidad se apoderaban de él y los ojos  se le inundaban de lágrimas.

© CARLOS HUSÓN

“El Novelista”

Miércoles, 13 de Mayo de 2009

“El Novelista” ( Relato corto)

 “EL NOVELISTA“

Se limpiaba los dientes frente al espejo como cada mañana. Se los limpiaba a tal velocidad y con tanta fuerza que daba la sensación de querer arrancárselos.

La espuma de la pasta asomaba por toda su boca. Se detenía  de pronto, se miraba al espejo y con la boca llena de espuma, repetía en varias entonaciones… ¡Julio Cordero! ¡Julito Cordero! ¡Don Julio Cordero!. Vaya nombrecito, pensaba. Su apellido, no le gustaba, pero era el que heredó de su madre, dios tenga en su gloria desde hace unos 5 años. A su padre nunca lo conoció.

A los doce años descubrió que el trabajo de su madre era el más antiguo del mundo. Comprendió entonces que la historia de su padre abandonándolos cuando él nació, era una pura y simple mentira.

Julio, sin saber cómo, ya había cumplido 30 años. Era alto, delgado y bien parecido, aunque su aspecto era de soltero descuidado. Casi siempre con barba de tres día, que no mantenía por moda o esnobismo, si no por pura pereza.

Cuando decidía afeitarse, lo hacía con cuchillas, raro era el día que no se hacía una verdadera sangría y se perpetraba cortes por toda la cara y el cuello. La  sangre que le iba goteando era una imagen que le gustaba contemplar en el espejo hasta que decidía remojarse y empezar el proceso de reparación con el pegado de trocitos de papel higiénico que se colocaba en cada corte y así, parcheado, comenzaba a vestirse.

Julio, siempre decía que él no se vestía, se cubría con ropa, de ahí que resultaba pura coincidencia apreciar cierta armonía en su modo de vestir.

Tenía un empleo y un sueldo medio en la Empresa TDSA “Todo Lectores SA”, dedicada a la divulgación y venta de libros por catálogo. Tenía un gato negro, una novia morena de 26 años, la segunda desde hacía tres, un viejo ordenador color gris con el teclado ya bicolor, un viejo televisor que nunca encendía y un coche utilitario lleno de golpes.

El piso que ahora ocupaba fue la herencia de su madre. Lo había abandonado a los 18 años instalándose de alquiler en una población cercana. Así pues, hacía cinco años que había regresado al piso de su juventud. Era de dos dormitorios, céntrico y estaba totalmente pagado.

Él ocupó su antiguo dormitorio, al de su madre nunca entraba y siempre estaba cerrado.

Cualquiera podría pensar al visitar ahora su piso, que Julio se encontraba en  estado previo al Síndrome de Diógenes. Las montañas de libros, revistas, CD y cajas,  se apilaban en columnas que desafiaban el equilibrio. Los estantes estaban repletos de “cosas”,…portafotos, ceniceros, figuritas, jarrones, relojes, velas, cajas llenas de papeles que hacían de archivadores,….Los pocos muebles que tenía, se adivinaban bajo aquella cantidad de artículos varios.

Su ropa estaba absolutamente esparcida por todo el piso y en la cocina y el baño, difícilmente se podía encontrar un hueco para apoyar algo. Por  variedad y cantidad era un espectáculo digno de la mejor tienda de saldos. Desorden y Amontonamiento, serían las palabras para definir su estilo decorativo.

Julio Cordero, además, era escritor, novelista, para más detalles. Con muchos apuros y algún favor, había publicado una novela hacía casi seis años, que le proporcionó escasos ingresos. Siempre pensaba en la Gran Novela que escribiría, de la que se publicarían muchas ediciones y le haría famoso.

En la empresa, ayudaba en las labores comerciales y de divulgación, llamadas a clientes y entrevistas para promoción y quizá por su condición de “escritor”, pertenecía también al comité que seleccionaba, las obras que, por su interés, calidad y coste, se proponían a la dirección para ir incluyendo en los catálogos mensuales.

Aquella noche desapacible y ventosa, decidió no pasarla con su novia, Se quedaría en casa y empezaría la Gran Novela.

La vida y fechorías de una asesino urbano, con unos ingredientes de sexo, brutalidad y sobre todo transmitir al lector que podría sucederle a él, era la idea que le obsesionaba como tema para su próxima novela. No era muy original pero si conseguía darle realismo, sería un éxito porque era  lo que la gente consumía.

Escribía siempre a mano, con uno  de los bolígrafos que, a docenas, se traía de la Empresa. Se hizo un hueco en la mesa, se sentó y  sin pensárselo ni un minuto, excitado y nervioso, comenzó a escribir:

A las 23 horas, sonó el timbre de  la puerta del piso de doña Amparo Fonter, la puerta se abrió y con una sonrisa hizo pasar al hombre que sin duda  conocía. Doña Amparo era una mujer viuda de unos 55 años, bien conservada y considerada entre sus vecinos como mujer afable y amante de la música y la lectura. Pertenecía al círculo cultural de la Ciudad y participaba activamente.

Pasadas tres horas, la puerta se cerró tras el “conocido” de Doña Amparo. Sería precisamente una amiga del Círculo, que había quedado al día siguiente en su casa, la que aviso a la policía, Amparo no abría la puerta, ni respondía al teléfono.

La policía, forzó la puerta  y entró en la vivienda, la radio estaba conectada y sonaba música clásica. Nadie respondía a las llamadas que un policía hacia mientras avanzaban cautelosamente por el pasillo, hacia la sala de estar.

El drama se hallaba ante sus ojos… Doña Amparo completamente desnuda y atada de pies y manos, yacía tumbada en la alfombra de la sala, absolutamente cubierta de sangre y con varias mutilaciones dignas del mejor sádico. La imagen era sobrecogedora, la crueldad y el sadismo del asesino eran evidentes, le había mutilado y colocado las manos de la víctima en la mesita junto a una taza de té y un libro de lectura, le había seccionado los pechos, y había infringido múltiples heridas en la cara, brazos, tórax  y piernas.

En la sala, salvo ese espectáculo, todo estaba en orden y parecía no faltar nada.

La autopsia desveló que había sido violada y que la muerte se había producido a causa de las múltiples heridas que se le infringieron con un arma blanca mientras era violada y que las mutilaciones, se produjeron post mortem.”

Julio, estaba cansado, por fin había comenzado la novela que le sacaría del anonimato. Decidió darse una ducha y acostarse, mañana tenía que estar en el trabajo y entre unas cosas y otras se había hecho demasiado  tarde.

Aquella mañana, transcurrió como muchas otras. Llamó a su novia desde el trabajo y quedaron para cenar en un restaurante cercano a su casa. Ana, se negaba a cenar en su piso y sólo subía para tener sexo en el dormitorio que, aunque desordenado, nada tenía que ver con el caos del resto de la vivienda

Esa fue una noche de sexo que Ana percibió diferente a otras ocasiones, Julio estaba demasiado excitado y tuvo que amenazarle con dejarlo, pues era más el daño que el placer y se sentía maltratada.

Como muchas noches, Julio la acompañó a su casa. Ana era enfermera  y compartía piso con unas compañeras de trabajo. Normalmente hacían el recorrido caminando, pues no vivía demasiado lejos de su piso y no tardaban más de veinte minutos.

Julio, abrió la puerta de su piso, estaba impaciente por seguir escribiendo la novela que había  ía comenzado, así que, sin más preparativos se sentó y continuó:

“Los vecinos del edificio, no daban crédito a lo sucedido, era algo tan espantoso que nunca imaginaron que pudiera sucederles allí mismo. Nadie había visto nada y nadie había oído nada

No hacía ni dos años que en la misma calle, la  encargada de la biblioteca, Doña Ángeles, había sido asesinada. La policía la encontró en el cuarto de archivos, atada de pies y manos encima de una mesa y desnuda. También en esa ocasión, el asesino se ensañó cruelmente con la mujer y consumó la violación. La puerta de la biblioteca tuvo que ser forzada por la policía, lo que indicaba que  Doña Ángeles había permitido la entrada del que sería su asesino.

Nadie pensó que aquel crimen pudiera repetirse y menos en la misma zona. La policía seguía manteniendo que eran hechos aislados, de este modo evitaban que el vecindario empezara a ponerse nervioso. La versión de la policía no convencía a nadie, pues era evidente que se trataba de la misma persona, eran demasiadas coincidencias.

La vecindad estaba convencida que se trataba de alguien conocido, alguien aparentemente normal, del mismo barrio y que quizá habían saludado aquella misma mañana.

En esa misma semana, la puerta del piso de Pilar Azuaga, se abrió, cruzó unas breves palabras con el hombre y cerró la puerta tras de sí. Le ofreció un café y se dirigió a la cocina para prepararlo. Cuando regresó a la sala con la bandeja de los cafés en las manos quedó paralizada. El invitado, de pie junto a la puerta,  se encontraba desnudo sólo con unos guantes y sujetaba un rollo de cinta adhesiva. A los diez minutos, la que sería su tercera víctima, estaba ya desnuda, amordazada y atada de pies y manos en el suelo de la sala.

El asesino, que no dejaba de insultarla, empezó su juego macabro infiriendo heridas cada vez más mortales. Le excitaba ver la cara de dolor y horror, mezclada con la expresión de sus ojos pidiendo compasión mientras no dejaba de apuñalarla y penetrarla al mismo tiempo, hasta que se daba por satisfecho y comprobaba que la mujer estaba muerta.

 El asesino esta vez se dio una buena ducha  y se  vistió con calma. Al salir, en  la sala vio abierto un portátil en una mesita junto al sofá, iba a cerrarlo, pero observó que tenía una conversación abierta en el Messenger y una tal Lucía escribía una y otra vez,.. “ Pilar, ¿dónde te metes?”, “contesta”, ”¿Pilar?”, iba a cerrarlo, pero sintió un impulso que no pudo evita… y escribió en él…” la puta de tu amiga, está muerta”, se entretuvo un poco curioseando por la sala y finalmente con una calma fría, salió del piso.

Cuando estaba en la acera a unos 50 metros, observó que dos coches de policía con la las luces de emergencia puestas se detenían en el portal, del que acababa de salir.

Pensó que esta vez había arriesgado demasiado y debería ser más cauto las próximas veces.”

Julio releyó lo escrito hasta el momento. Estaba satisfecho, pero creía que debía  detenerse y describir más y mejor los momentos más sádicos y morbosos si pretendía que la novela transmitiera realismo y crueldad.

Estaba cansado, pensó que mañana seguiría escribiendo. Apartó las cosas que ocultaban el sofá y sin desvestirse, se tumbó y se quedó dormido.

Soñaba que se quedaba dormido y que el timbre sonaba repetidamente y que aporreaban la puerta. De pronto, tomó conciencia y como un autómata, se puso de pie. El timbre seguía sonando y como para acallarlo, abrió rápidamente la puerta.

Dos hombres le mostraron una placa de policía, lo esposaron, quedó detenido y fue llevado a la comisaría. En ningún momento, Julio, presentó resistencia alguna. Solo repetía una y otra vez que no entendía nada y que debía acabar una Gran Novela.

La identificación del asesino en serie fue posible por la llamada a la policía de la amiga de Pilar. Los llamó asustada explicando el mensaje del Messenger y que a través del chat, su amiga, le había comentado que estaba esperando la visita de un representante de TDSA.

No necesitaron investigar demasiado. En el registro del piso de Julio, se hallaron escritos a mano que no hacían otra cosa que describir con nombres cambiados, los tres últimos crímenes, con detalles sobre los mismos que sólo el asesino podía conocer. De ese modo también relacionaron cuatro casos más, sin resolver, de idénticas características, sucedidos en dos ciudades próximas y anteriores a los de esta ciudad. Estaban perfectamente descritos entre los muchos papeles que Julio acumulaba.

También fueron identificados algunos objetos sin mucho valor y que pertenecían a las víctimas… figuras, libros, ceniceros, relojes,..etc.

Su abogado, estuvo muchos días y horas en la cárcel conversando con Julio. En el juicio, intentó por todos los medios que se le declarara mentalmente enajenado. Aportó testimonios de psiquiatras que alegaron una doble personalidad y relacionaron los crímenes con su madre prostituta, a la que en su subconsciente odiaba y deseaba eliminar de su vida.

Todo fue inútil, el veredicto fue unánime: culpable de siete asesinatos probados. La condena: Pena de muerte.

Su abogado lo visitaba en la cárcel, donde conversaban con la idea de preparar el recurso de apelación que no confiaba en ganar de ninguna manera.

En una de las muchas visitas, su abogado le presentó un documento que le autorizaba a escribir un libro sobre su vida, desde niño hasta el día de su condena. Le cedía los derechos de autor y, a cambio de un 10%, se comprometía a proporcionar toda la información que, sobre su vida, le solicitara.

Habían pasado tres  años desde ese encuentro. El recurso no se ganó, la sentencia fue confirmada y varias apelaciones posteriores, desestimadas.

Una novela fue la más vendida ese año y alcanzó seis ediciones. Se titulaba “El Novelista”.

Julio supo así, antes de ser ejecutado, que la Gran Novela que pretendía escribir, finalmente tuvo un gran exito y la llevaba dentro. ..Era su propia vida.

 

© CARLOS HUSÓN

 Esta entrada se publicó , el Miércoles, 13 de Mayo de 2009 a las 2:36 horas y está guardada bajo Mis Relatos, Relatos. Puedes seguir cualquier respuesta a esta entrada mediante la fuente RSS 2.0. Puedes dejar un comentario o enviar un trackback desde tu propio sitio. Editar esta entrada.

3 comentarios

  1. ajavigo dice:
    28 de Enero de 2009 a las 1:12   editar

Estremecedor relato. Disfruto mucho con las novelas policiacas y de intriga y este relato supera muchas de ellas. Me ha encantado leerlo y descubrir detalles de este novelista peculiar.

Sería todo un best-seller!!! Enhorabuena

  1. Javi dice:
    30 de Enero de 2009 a las 10:48   editar

Una vez más enhorabuena por este relato. En todos los que he leído tuyos describes siempre en su justa medida, al protagonista y su entorno, este no es una escepción.

Sigo leyendote…

  1. sergio dice:
    15 de Febrero de 2009 a las 18:17   editar

Querido Carlos, fantastico. Me encanta sobre todo la transición entre “”la gran Novela” que escribe el protagonista y la realidad del relato. Me has dejado fascinado.
Sigue así, y si necesitas ayuda para el siguiente libro, cuenta con ello.

 

“El Malecón”

Lunes, 19 de Enero de 2009

 “El Malecón” (Realato corto -Carlos Husón)

“EL MALECÓN”

 

Hacía algún tiempo que no recibía noticias de Él. Siempre eran por carta. Cartas que no eran revisadas ni censuradas porque el remitente, José Matías Fonseca, gozaba desde la juventud con la complicidad de su gran amigo Juan que trabajaba en el Departamento Nacional  del Correo, contratado por el Gobierno para esos sucios menesteres. Era evidente que su amistad  con José Matías estaba por encima de ellos y su correo, entregado en mano, salía del País sin ser profanado.

 Nunca utilizaban el teléfono, su padre insistía en que no era seguro, obsesionado siempre con  lo peor de la dictadura cubana y sus malas artes para cazar a los disidentes del Régimen.

Don Manuel, hacía ya tres años que residía en España. Aprovechó la gira que la Orquesta Nacional de Cuba realizaba por España para pedir asilo político. Manuel Fonseca tocaba el piano, aunque también dominaba los secretos del violín. Era un buen intérprete, sin discusión alguna.

El de Manuel Fonseca, fue uno de los pocos casos conocidos de un componente de la Orquesta Nacional, que consiguiera entrar en ella sin necesidad de poseer el carné del Partido Comunista. Su virtuosismo en la prueba de acceso fue carné suficiente. Eso hizo que, durante  casi quince años, fuera un componente apreciado y no cuestionado.

Tenía tres grandes pasiones… su hijo Matías, la música y pasear por el Malecón de la Habana. En tiempos disponía de una pequeña y descuidada casa estilo colonial, como casi todas por esa zona, asignada por al gobierno y muy cercana al Malecón.

En ella vivían su mujer, que murió de cáncer tres años antes de su “inmigración”, su hijo y una tía vieja y malhumorada que escondía desde siempre su anticastrismo. Todo eso de la revolución del pueblo se lo sabía de memoria y no la impresionaba lo más mínimo porque sabía cómo funcionaba.

Don Manuel, nunca aceptó las condiciones de vida, la falta de libertad, de democracia y el abuso al que estaban sometidos por parte de los destacados miembros del Partido. Amaba su País, pero también veía como, poco a poco, se descomponía y como sus gentes, la mayoría sin  demasiadas aspiraciones, se habían instalado en el conformismo y perdían la visión de un ser humano respetado y libre.

El folklore, la prostitución y la corrupción se habían convertido en el deporte nacional, y la persecución de los disidentes, en el deporte favorito del Régimen, que además, practicaba la autocomplacencia y la exaltación del Castrismo y su revolución, sin pudor alguno.

En aquellos tiempos, sólo los largos paseos por el Malecón, conseguían hacerle olvidar la sensación de desastre nacional y encierro obligado al que estaba sometido. El tributo de silencio, nula opinión o crítica adversa que debía pagar para conservar el trabajo, tampoco   hacían que se sintiera bien consigo mismo.

Aquel malecón le quitaba las penas. Sentir la brisa, oír el ruido del mar, contemplar las olas golpeando  el viejo hormigón y ver como la espuma cubría las rocas y desaparecía entre ellas. Pasaba largos momentos sentado en el muro, ensimismado pensando y contemplando aquel  mar agitado que algún día cruzaría para no volver.

Consuelo, su vieja tía malhumorada y anticastrista hasta la médula, enfermó y finalmente, al cabo de tres meses, murió de un cáncer de pulmón. Esos habanos que consumía sin control, no la ayudaron mucho.

Manuel, echaría en falta aquellas largas noches de charla. Consuelo, siempre con un puro en la boca, compartía con él muchas madrugadas, largas horas de conversación que inevitablemente acaban en una crítica feroz al Régimen. Era una buena terapia para los dos.

Su hijo, trabajaba en una manufacturera de tabaco a unos veinte kilómetros de La Habana.   Allí llevaba trabajando más de seis años y, tras mucho esfuerzo, había conseguido llegar a capataz. No era su trabajo deseado. Había estudiado Literatura y Arte, pero el Gobierno le asignó ese trabajo hasta encontrar un empleo más acorde, eso le aseguraron hacía ya seis años.

Matías, era un joven de carácter tranquilo, había heredado de su padre el sentido de la libertad, el respeto a los derechos humanos y tantas otras cosas que en ese País no existían. Su padre, siempre le había aconsejado que intentara pasar desapercibido y no se metiera en política. Él era joven y llegaría un día que podría defender y poner en práctica sus ideas, sin poner en riesgo su vida.

Tras la muerte de su tía, una noche, quizá la más triste de su vida, se sentó con su hijo, tenía ya que comunicarle su decisión, pues el día se acercaba.

Definitivamente, había decidido exiliarse, aprovechando la gira que la orquesta iniciaba la próxima semana por varias ciudades de España y así se lo explicó a su hijo con lágrimas en los ojos.

Lo habría intentado antes, de no ser por aquel hijo al que adoraba y que tanto le recordaba a su difunta esposa. Era el único tesoro que dejaría en Cuba.

Hoy, sólo le preocupaba que durante demasiado tiempo ya, no recibía noticias de Matías. Era su único contacto con Cuba y la única manera de saber de él y sentirlo más cerca.

Su vida en Madrid, donde finalmente recaló, no había sido fácil. Consiguió a través de otro exiliado bien relacionado, un contrato en un par de salas nocturnas donde tocaba el piano. Por la mañana y parte de la tarde, daba clases particulares de piano, así que andaba todo el día atareado y sólo deseaba llegar a casa para comprobar si había correo de su hijo, tomarse una manzanilla, la pastilla para dormir y acostarse.

Muchas eran las noches que, en sueños, paseaba por el malecón, oliendo la brisa y  charlando con su hijo.

Ya eran tres meses sin saber nada de Matías y su corazón le decía que algo no iba bien.

Una noche, al regresar a su pequeño apartamento, como siempre, se dirigió al buzón y con sorpresa encontró una carta dirigida a él. No era la letra de su hijo, pero estaba sellada en Cuba.

Como casi siempre, el ascensor no funcionaba y tuvo que subir caminando hasta el cuarto piso. Mientras subía aquellos grises escalones, el corazón le golpeaba el pecho como si quisiera salir.

Casi sin aliento y con el corazón batiendo sin descanso, se sentó en su butaca y sin quitarse el abrigo, abrió la carta y leyó:

“Apreciado Don Manuel:  

Finalmente me he decidido a escribirle. Muy a pesar mío, no podía retrasar más esta carta que hubiera deseado no escribir nunca.

Siempre he gozado de la amistad de su hijo y yo soy la persona, a través de la cual, podía enviarle a Ud. el correo sin censura alguna y así ha sido durante los tres últimos años.

Matías me explicó lo de su exilio, de otra manera no me hubiera enterado pues, Usted sabe mejor q ue  yo, el silencio que el gobierno impone sobre estos hechos cada día más frecuentes.

Debo decirle que a las pocas semanas de su exilio, Matías fue destituido de su trabajo, desposeído de la vivienda que ocupaban y acusado de favorecer a determinados trabajadores a cambio de dinero. Finalmente fue condenado a diez años de prisión. No les resultó difícil encontrar quien testificará y el juicio fue una farsa más a la que ya nos tienen acostumbrados.

La represalia por su exilio y el intento de forzar su regreso, era evidente. Ignoraban que esa estrategia era en vano,  ya que Ud. siempre desconocería estos hechos.

Matías permaneció encarcelado más de dos años y pude visitarlo en varias ocasiones, momento que aprovechaba para darme la carta que, como siempre, yo le enviaba. Nunca quiso decirle cual era su situación real, pues sabía cómo le quería y no deseaba que sufriera pensando que toda su desgracia era consecuencia de su exilio o que se le pasara por la cabeza regresar.

Hace tres meses que Matías enfermó, su estado de salud últimamente se había deteriorado bastante, le diagnosticaron una grave enfermedad respiratoria. Las condiciones infrahumanas y la humedad de las celdas, propiciaban este tipo de lesiones en el pulmón y los bronquios. Matías no pudo luchar contra lo inevitable y murió, hoy hace tres semanas.

Pude visitarle en la enfermería de la prisión, sabía que se moría y me hizo jurar que yo le comunicaría su muerte. También me pidió que le transmitiera el inmenso amor y respeto que le tenía y su satisfacción por saber que Usted podría vivir y morir en la libertad que los dos ansiaban.

Lamento profundamente la pérdida de su hijo. Sepa también que Matías descansa en el cementerio de La Habana, personalmente me encargué de todos los trámites del entierro.

Usted ha perdido un hijo y yo he perdido a un gran amigo. Le deseo toda la entereza necesaria para superar estos dolorosos momentos.

Reciba Usted todos mis respetos y mi más profundo pesar.

Juan Ortega

PD. Le adjunto esta tarjeta postal que Matías me pidió que le enviara.”

Las lágrimas de Don Manuel empapaban la carta hasta casi desteñir la tinta,  su corazón encajó de mala manera aquel golpe. Su cabeza, simplemente, no lo encajaba.

Amaneció y allí seguía sentado e inmóvil en aquella butaca con los ojos rojos e inflamados mirando la luz que poco a poco se hacía más visible.

Tuvo la sensación de estar en el Malecón, viendo amanecer, paseando y charlando con su hijo y oliendo el mar y la brisa.

Pasó una semana, alguien golpeó repetidas veces la puerta y finalmente con una palanca forzó la cerradura y pudo abrirla.

Encontraron a Don Manuel sentado en la butaca, en el suelo había un frasco de pastillas para dormir completamente vacío y un vaso de manzanilla que había mojado la alfombra. En su mano había una postal con una vista al atardecer del Malecón de la Habana y detrás tres líneas… ¡Maldito Malecón!… ¡Maldito  Castro!… ¡Viva Cuba Libre!

© CARLOS HUSÓN

 

“El Señor de las palabras” (Cuento- Carlos Husón)

Sábado, 17 de Enero de 2009

 

  

 

“EL SEÑOR DE LAS PALABRAS“

 

Era un país diminuto, alejado del mundo. Era un país diferente. Quizá todavía por descubrir. Yo tuve la suerte de estar en él  y de hablar con sus gentes.  Los más ancianos me contaron esta historia que ocurrió hace muchos, ….. muchos años.

Era un  país con hermosos paisajes y abundante vegetación, donde habitaban cientos de pájaros de distintas especies y una enorme cantidad de animales pacíficos y en libertad.

Sus montañas, no muy altas, parecían no terminarse nunca, allí donde mirabas, el verde de sus laderas de prados y árboles te inundaba la vista.

Era un lugar extraño. Sus pobladores, estaban, quizá por tradición y conformismo, acostumbrados a ser gobernados por una especie de Feudal que a modo de gobernador, dirigía aquel pequeño país.

Sus habitantes, vivían agrupados en pequeños poblados en los que casi todos eran familia. Dedicados a trabajos artesanales y a las  labores del campo, eran felices. La paz  que se respiraba en aquel país, invitaba a no pensar demasiado y asumir las cosas tal y como estaban.

Sólo una cosa había que les provocaba un gran malestar. No estaban conformes con una manía extravagante de “Su Señor” (así le llamaban) y que hacía acatar sin discusión alguna.

Al contrario de lo que podía imaginarse, en este país, el malestar no se debía el pago de altos impuesto, o privación de derechos importantes, Más bien, al contrario, en esos aspectos estaban contentos y bien tratados. Sus cosechas eran buenas y los impuestos muy bajos… El Señor, cultivaba sus propias tierras, suficiente para el mantenimiento de su castillo y  propiedades, así como  para los gastos que suponían un pequeño cuerpo de guardia y vigilancia poco numeroso.

Tradicionalmente, desde tiempos inmemoriales que ni los más viejos del lugar recuerdan, el Señor se consideraba “El Dueño de las Palabras” que en ese país se pronunciaban. No había palabra que los ciudadanos podían utilizar que no estuviera permitida y autorizada por el Señor. Se imponían grandes multas y castigos por desobedecer esa prohibición tan extravagante  como  enraizada.

El descontento crecía porque “El Señor“, si bien prohibía palabras que la mayoría aceptaba no usar, lo cierto es que se reservaba para él las palabras más bellas.

Todas las palabras prohibidas estaban escritas, una a una. Las bellas en un gran libro de tapas plateadas con hermosos grabados en plata y marfil y las feas, en otro con tapas de piel raída y oscura. Ambos eran conservados en un arca que permanecía, desde siempre, en el Torreón del Castillo, en la sala destinada a las reuniones del Consejo  y que tan sólo El Consejo reunido o el Señor, podía consultar.

La prohibición de pronunciar palabras como odio, ira, venganza, envidia, guerra,… y otras muchas, era aceptada de buen grado y nadie la cuestionaba.

Dada su bondadosa manera de ser, la mayoría de esas palabras no eran muy necesarias y no las echaban de menos, sus vidas eran sencillas y era gente muy pacífica. Amantes de la naturaleza y respetuosos con ella, pues sabían que de ella dependía su manera de vivir y a ella le debían sus vidas.

Había otras palabras como: amor, cielo, pájaro, montaña, río, amanecer, árbol, nube y otras muchas que también estaban prohibidas y sólo podían ser pronunciadas por “El Señor”. Esa era la única cuestión por la que esas gentes iban, poco a poco, perdiendo la alegría y se sentían infelices.

Ya eran muchas veces las que el “Consejo del Pueblo” había expuesto serias quejas ante “El Señor”, por la prohibición de muchas de esas palabras y las multas y castigos a que se les sometía si eran sorprendidos pronunciándolas. Advirtiéndole que, por esa prohibición, la tristeza y la infelicidad se estaba apoderando de las gentes.

Incluso en la última audiencia concedida, amenazaron con dejar de hablar, hasta que se les permitiera el uso de aquellas otras palabras que consideraban bellas y de uso más necesario.

Tal fue el empeño de todos los poblados que se reunió por enésima vez “El Consejo del Pueblo”, formado desde siempre por los doce hombres y mujeres más viejos del lugar y los doce hombres y mujeres más jóvenes.

Finalmente y tras largas discusiones, acordaron por mayoría, y como medida de presión, que todos los habitantes del país dejaran de hablar durante seis meses.

Ni siquiera esa medida que sumió al país en un profundo silencio, sólo roto por los sonidos propios de la naturaleza y los animales, consiguió concesión alguna del Señor, que seguía reservándose aquellas bellas palabras, que todos querían pronunciar con libertad.

Al cabo del tiempo y viendo lo infructuoso de las acciones que emprendían y que nada haría reflexionar al Dueño y Señor de las palabras, decidieron hacer algo que solucionara el problema.

Acordaron dar otro nombre a aquellas palabras que tenían prohibidas, de este modo podrían referirse a ellas sin contravenir ni desobedecer al Señor y sin exponerse al castigo.

Y así empezó a extenderse por el país un lenguaje extraño que daba nombres extraños, no muy afortunados, a cosas cuyos nombres eran hermosos de pronunciar, llegando incluso a usar, dependiendo de la zona, nombres diferentes para una misma cosa.

Llamaban,….  zura a la Luna,  ajaco  al pájaro, asor al amor, ules a las nubes, fuyo al río…y así, una a una, El Consejo bautizó todas aquellas palabras prohibidas. Ninguna quedó sin su nuevo nombre.

Llegó a oídos del Señor y Dueño de las bellas palabras, semejante desvarío y atrocidad. Su enfado era patente, más que por la astuta burla de la prohibición, por la monstruosidad de dejar de llamar a las cosas con su verdadero y bello nombre.

Esa tremenda decisión, le hizo pensar y con la bondad y sabiduría que se le suponía, comprendió que si las palabras bellas le eran prohibidas al pueblo, de una u otra manera, llegarían a perderse.

El Señor, convocó pues al Consejo y ante ellos con toda humildad reconoció su error y su egoísmo al haber guardado sólo para sí, aquellas palabras tan hermosas.

Firmó un Decreto por el que todas las bellas palabras quedarían tachadas del libro plateado  y de este modo, todos los habitantes podrían usarlas con plena libertad. Se acordó asimismo que el libro plateado con las palabras tachadas, quedara guardado como testimonio de los que nunca debió ser prohibido.

Durante los primeros meses las gentes, viejos y jóvenes, gritaban el nombre de los pájaros, hablaban con las nubes, con los ríos, llamaban al amanecer, a la Luna, a los árboles…. La alegría y la felicidad regresaban.

Así fue como ese día, en aquel país, diminuto y alejado del mundo, siguen prohibidas muchas palabras, pero aquellas que son bellas y hermosas, todos pueden pronunciarlas y nunca jamás se perderán en el olvido.

Yo estuve allí, así me lo explicaron y yo, así os lo cuento

© CARLOS HUSÓN

“Cuento de Navidad” (Cuento- Carlos Husón)

Domingo, 11 de Enero de 2009

“CUENTO DE NAVIDAD”

 

Era la víspera de Navidad, la gente caminaba de un lado a otro como si todos tuvieran prisa. El frío invernal de la tarde no permitía quedarse parado mucho tiempo, sin riesgo de quedarse congelado.

Las luces navideñas que adornaban la plaza ya se habían encendido y algún villancico sonaba ronco y lejano por los altavoces que el Ayuntamiento, como si de un rito se tratara, colocaba cada año con la anticipación necesaria.

No cabía la menor duda, ¡era Navidad!.

A las ocho de la tarde comenzaba a nevar, era día de ajetreo y compras alocadas de última hora.

 

Casualidades de la vida,  la plaza de la Universidad  volvió a reencontrar a dos grandes amigos que lo fueron.

 

¡No me lo puedo creer!…¿Eres tú?… ¡Alex!… jajaja… ¡El mismo que viste y calza! Javier.

¡Dame un abrazo chaval!… Qué alegría  verte… pero,… ¿Cuánto ha pasado?…. por lo menos veinte años… No tenemos vergüenza… ¿Vives en la ciudad, Alex?… Pues sí, tengo un piso en el centro, ¿y tú?, yo vivo más alejado, tengo un chalet en al afueras.

 

Alex, cargado de bolsas de regalos, estaba como siempre, con algo más de barriga, seguía siendo un hombre atractivo para cualquier mujer que buscara un buen cuarentón. Vestía de manera informal pero elegante, tal y como lo recordaba.

 

Javier, llevaba un gran maletín de ejecutivo .Había cambiado algo, la alopecia no lo había tratado muy bien. Su atuendo era más disciplinado… Traje gris oscuro, camisa a rayas y corbata llamativa.

 

¡ Vaya,  vaya!… Qué alegría volver a verte después de tanto tiempo, comentó Alex…. Parece mentira cómo pueden distanciarse dos vidas antes tan unidas… ¿Recuerdas?…

Cómo no voy a recordar, ¡bribón!

 

¡Que casualidad!…. y precisamente en esta Plaza… Qué tiempos… Aunque, si la miras bien,  ya no parece la misma, comentó Javier… Ni que lo digas, esto ahora parece un parque de atracciones repleto de tiendas y restaurantes chinos con luces de colores y sucursales bancarias.

 

Cuántas horas de palique en aquellos bancos bajo el magnolio gigante.

Los dos sonreían… Pasábamos más horas en los bancos de la plaza que en los bancos de clase.

¿Te acuerdas?… Le llamábamos  el “Epicentro”, como si aquel magnolio fuera el origen y el centro de nuestros propósitos y planes de futuro, Aunque sabíamos que, pronto o tarde, llegarían y harían desaparecer aquel encanto. ¡Eran los buenos tiempos!

Y bueno, Alex, cuéntame, ¿qué ha sido de tu vida?… Supongo que estarás casado con algún bombón, tú eras el guaperas del grupo… Siempre te llevabas las mejores chicas de clase.

 

Lo cierto es que Alex, siempre aseguraba que sólo salía con ellas  para pasar el tiempo y que cuando llegara el momento ya encontraría una mujer guapa e inteligente, se compraría un gran coche y se rodearía de hijos que le alegraran la vida.

 

Pues sí, respondió Alex, no me puedo quejar, me casé con una mujer  guapa, trabajadora e inteligente que me adora y  tengo tres hijos que son una bendición y que me llenan la vida…En fin.. ¡No puedo quejarme!

 

Qué pena, dijo Javier… Desapareciste los dos últimos años sin dejar rastro… Supongo que acabaste la carrera y estarás ejerciendo como urólogo, ¿ me equivoco ?.

 

No te equivocas Javier,  trabajo en un buen Hospital  y luego paso consulta en mi despacho privado.

 

Ya me darás la dirección, dijo Javier, cualquier día de estos pasó a visitarte y me haces una buena revisión, todavía funciono muy bien, pero ya sabes una buena ITV, nunca va mal y si encima no me cobras… Jajaja.

 

Bueno, luego nos damos los teléfonos y nos llamamos.

 

Y tú,  ¿qué?,  ¡Don Javier!, supongo que seguirás soltero… Enemigo incondicional del sagrado matrimonio… Jajaja… ¡Qué discusiones sobre el tema ¡… ¿Recuerdas?, siempre comentabas que mientras no estuviera penalizado a ti no te pillaba ninguna, que preferías estar solo que mal acompañado, que el matrimonio acababa siendo un problema y los hijos un calvario

 

Nunca nos pusimos de acuerdo… ¡Como buenos amigossss!… comentaron al mismo tiempo.

 

Pues sí, contestó Javier, sigo soltero, y disfrutando de la libertad. Sin ataduras.

Me sigo cuidando bastante, sin tabaco, mucho tenis, gimnasio y de flor en flor. Ya sabes,  yo no podía ni puedo ser tan exigente como tú… Y eso brinda más oportunidades.

 

A tu manera, pero tan pillo como siempre. ¡Menuda vida! comentó Alex.

 

En cierto modo te envidio y ya veo que conservas un buen tipo, le dijo sonriendo…¿Acabaste finalmente tu carrera?…Sí, terminé Empresariales, no me quejo tampoco.

Trabajo en una gran Compañía de Seguros. Ahora venía precisamente de una reunión de última hora. Estamos ultimando los detalles de una fusión para principio de año con una compañía extranjera.

 

Los dos amigos de antaño estuvieron charlando animadamente unos veinte minutos más, recordando y contándose alegrías.

 

Pero la nieve no dejaba de caer y empezaba a ser molesta, así que, como los dos parecían tener prisa, se dieron un gran abrazo, se felicitaron las Navidad, se desearon un feliz Año Nuevo y se despidieron, no sin asegurar que se volverían a ver pronto.

 

Javier, tan pronto dio la vuelta a la esquina, se encendió con ansia un cigarrillo. Pensó que no habían tomado nota de sus teléfonos. Los dos lo sabían. Por un momento lamentó no haberle contado toda la verdad  a Alex.

 

Sus últimos años habían sido un desastre, acabó como pudo empresariales, actualmente estaba colocado en una Empresa de seguros. Su trabajo consistía en hacer seguros de vida puerta a puerta… Así se ganaba la vida.

 

Tampoco le contó que superó un cáncer de pulmón que casi le quita la vida. Que sus padres, que el conocía, murieron juntos el año anterior en un accidente de circulación al  chocar contra un camión, que fueron momentos muy dramáticos y unas navidades muy tristes.

 

Sabía que su vida era tan mediocre como muchas, pero sentía una enorme satisfacción al ver que Alex, por lo menos, había hecho realidad sus sueños y disfrutaría de una feliz Navidad  acompañado de su mujer y de sus hijos.

 

Llegó finalmente donde tenía aparcado el utilitario de segunda mano, sobre la acera, con los intermitentes puestos y ligeramente cubierto de nieve.

 

Subió al coche, allí estaba esperando su mujer, obesa como una ballena, ocupaba totalmente el asiento delantero y su culo se esparcía desde el elevalunas hasta reposar encima del freno de mano que, como es lógico, estaba inutilizado,..El aroma al entrar en el coche, le producía arcadas… Era el de siempre, a bolitas de queso y tiras de maíz.

 

En el asiento trasero, se agolpaban  cuatro niños gordos también que, apretados, no paraban de engullir bolsas y bolsas que su mujer les había comprado para que estuvieran alimentados, callados y quietos, mientras su padre iba a hacer unas visitas de última hora, tratando de conseguir los objetivos marcados para ese maldito mes en el que nadie pensaba en los seguros de vida.

 

Su mujer, como siempre, no paraba de echarle bronca, esta vez  por no sé qué historia. Javier, como siempre también, no le prestaba atención y no dejaba de pensar en la fortuna de Alex.

Finalmente le dio la razón a su mujer para evitar que siguiera mortificándolo y salió dirección al piso todavía hipotecado que tenían en un barrio de las afueras, donde la Navidad no se hacía tan patente. Un barrio cada vez más lleno  de inmigrantes y gente rara para los que la Navidad, nada significa.

 

Alex, por su parte se dirigió también a recoger su coche aparcado en zona azul, se  había pasado más de una hora y se encontró una multa enganchada en el parabrisas, casi cubierta de nieve…¡Vaya por dios!… No respetan ni la Noche Buena.

Era propietario de un Ford Fiesta que cumpliría 11 años dentro dos meses.

 

No acabó la carrera de medicina y trabajaba como celador en un hospital privado

 

Sentado en el coche, se recriminaba no haber sido sincero con Javier, había dejado de contarle muchas penas y eso hacía que no se sintiera bien consigo mismo, aunque se alegraba de que a su amigo las cosas le fueran tan bien.

 

Al cabo de unos minutos, entró y se sentó en el coche un hombre, vestido de mil colores, absolutamente afeminado y con la cara maquillada, como un óleo.

Era evidente que pretendía disimular su edad que ya estaba más cerca de los cincuenta que de los cuarenta.

 

Con él, compartía su vida Alex desde hacía más de 15 años. No entendía por qué estaba con Tony, tenía un humor de perros, se quejaba de todo y todo le parecía poco… Además, odiaba a los niños.

 

Alex le entregó los paquetes y le comentó que esperaba que este año  le gustaran y le parecieran suficientes.

 

Salió del aparcamiento y se dirigió al piso de alquiler que compartían en el centro de la ciudad desde hacía diez años.

Un piso antiguo con una renta baja, pues Antonio (se hacía llamar Tony), no trabajaba, se quejaba de unos oportunos dolores de espalda que nunca se curaban.

 

En el piso, mientras su “compañero” no dejaba de hablar de los precios, de lo bonitos que estaban los escaparates navideños y de los adornos de navidad que había comprado y de  cosas bonitas que había visto y que no podía comprar, Alex no dejaba  de pensar en la suerte de Javier… ¡Quién pudiera llevar esa vida!

 

Era la noche de Navidad, y según dice la tradición, hay que contar alegrías… Todos debemos estar felices y transmitir esa felicidad a los demás, las desgracias son para otra época… Eso tengo entendido.

 

Javier y Alex, fueron buenos amigos y serán felices estos días de Navidad, pensando cada uno que por lo menos el otro vive la vida que planearon en el “Epicentro”, bajo aquel viejo magnolio que ya no existe.

 

Nunca más volvieron a verse. Aunque hubo muchas Navidades más y como cada año, las luces de colores, los villancicos  y la nieve, regresaron  a  aquella Plaza donde alguna historia navideña se hace realidad cada año.

 

Algunas, historias felices como un cuento de Navidad… Otras, crudas y reales que los cuentos no explican  aunque también sucedan en Navidad.

 

© CARLOS HUSÓN

 

 

 

 

“Los Jueves” (Relato corto-Carlos Husón)

Martes, 6 de Enero de 2009

 

 

  

“LOS JUEVES”

No era el primer jueves que, a media noche, despertaba sobresaltado, empapado en sudor y completamente amordazado por sus propias sábanas.

Parecía más una resurrección que un despertar. Era como si regresara de otro mundo y apareciera de nuevo en el presente, con la sensación de venir de otra época pasada a la que sabía que regresaría sin remedio el jueves siguiente.

No conseguía entender por qué ese suceso lo atrapaba  solamente ese día de la semana. Había probado, sin resultado, toda clase de artimañas para  no dormir los jueves y así, no quedar atrapado en aquel siniestro sueño que lo alejaba del presente y escasamente podía recordar.

Pensando que finalmente ese sueño se apoderaría de él, había incluso cambiado los hábitos diarios y domésticos de cada jueves,….  pensar  en cosas diferentes, en estar menos atento a cuestiones trascendentes y conseguir estar más feliz, optimista y despreocupado.

Aún sin entender, por qué el jueves, siempre había pensado que ese maldito sueño, se debía  a su carácter sesudo y a su mal humor y pesimismo.

Salvo por alguna manía algo peculiar, Lucio, no era muy diferente a los hombres de su comarca, y su vida rural y artesana, transcurría atareada y monótona.

Era un buen ebanista, de los que quedan pocos, y muchos eran los que acudían desde la ciudad para hacer sus encargos. La mayoría de las veces Lucio se esforzaba para que, finalmente, los clientes, a regañadientes,  aceptaran casi por completo sus sugerencias y las cosas se hacían, casi siempre, tal y como él quería.

Nada de lo que todos los jueves le sucedía, había comentado con su familia , ni con vecino alguno y lo cierto es que conforme avanzaban las semanas los sueños se convertían en mas angustiosos, como si regresara de más lejos y las pocas imágenes que recordaba, solo le permitían asegurar  que transcurrían en otra época, que parecían muy reales hasta el punto hacerlo dudar durante parte de la mañana , si realmente había realizado aquellos extraños y agobiantes viajes, ya que cada vez su estado de cansancio general se acentuaba a la mañana siguiente.

Una noche de jueves, sería especialmente extraña. Sin saber por qué, aquella mañana había sido una mañana tranquila, dejó de trabajar a primera hora de la tarde y se dedicó a pasear por los campos próximos a su casa, estaba apesadumbrado pensando que quizá para siempre debería resignarse a esas noches tan extrañas  que poco a poco mermaban su salud.

El desconcierto, la impotencia y sobre todo el desconocimiento de lo sucedido esos días, le agobiaba cada vez más y le entristecía.

Se sentó en un lado del camino bajo un viejo árbol centenario conocido en la Comarca como “El Tumbao”, debido a su acusada inclinación. Lucio no era muy creyente y sin saber por qué fijó su mirada en el  cielo, como pretendiendo que alguien allí, pudiera ayudarle.

Sus pensamientos se concentraban cada vez más  en esos sueños, que en las propias labores que con mucho esmero intentaba realizar diariamente.

Aquella noche de jueves, fue diferente, difícil de explicar. Como era de suponer la noche le venció y se sumergió en sueños que a la mañana siguiente recordaría con más claridad. Despertó entre temblores, acostado en el suelo con abundantes marcas y fuertes dolores en todo su cuerpo. Por primera vez se asustó de veras y pensó en tomar alguna decisión al respecto.

Nunca había creído en aquellas personas que dicen interpretan sueños, adivinan futuros, predicen sucesos de toda índole y tienen remedios para todo.

Sabía que a tan solo un día de viaje caminando, en un pequeño poblado casi deshabitado, conocido como “ Lugar Alto” y que pocos nombraban, existía una persona, según le habían contado, que realizaba toda clase de predicciones, sortilegios y componía preparados para aliviar o curar lo que ella llamada “males del alma”.

Se contaban algunas cosas de ella. Siempre se la había conocido como viuda, nadie llegó a conocer a su marido y nadie recordaba cómo había aparecido en ese “Lugar”.

Vivía sola, de carácter tranquilo y poco habladora, ni una palabra de más ni de menos de lo que cada caso requería. Se comentaban curaciones de casos muy extraños y adivinaciones asombrosas que, de no haber sido comentados por gente honorable, hubieran parecido casos no creíbles.

Preocupado por lo que cada jueves le sucedía y  sobre todo, preocupado porque su salud cada vez se veía más afectada, decidió, sin demasiado convencimiento acudir a la llamada  “Doña Úrsula”.

Buscó una excusa para su familia y para justificar el cierre del taller durante un par de días. Comentó que iba a visitar una partida buena madera que le habían ofrecido y deseaba ver el producto y negociar el precio.

Así pues, la mañana de lunes, cansado antes de empezar, se encaminó a ese pequeño lugar, para lo cual tuvo que recorrer varios kilómetros casi sin respiro y así evitar que la noche se le echara encima.

Su cabeza no paraba de dar vueltas y no dejaba de pensar cómo le expondría a Doña Úrsula, lo que le sucedía cada jueves y cada vez con mayor intensidad.

Era verano, así  que, llegado al llamado “Lugar Alto”, consiguió dormir en una especie de casa abandonada y así a la mañana siguiente, poder presentarse ante Doña Úrsula en busca de alguna explicación y remedio.

Doña Úrsula, estaba recogiendo yerbas en un huerto descuidado que tenía junto a la casa. Con un atuendo a modo de bata  blanca y el cabello cano, parecía un ángel en medio de aquella pequeña selva de matorrales. De  avanzada edad,  sin embargo transmitía un aspecto  saludable.

Lucio desde  la valla pronunció su nombre, ella lo miró y como si adivinara sus intenciones le sonrió y con un gesto amable le indicó que fuera hacia la casa.

Una vez en el interior Doña Úrsula, sin pregunta alguna se dirigió a la cocina  y preparado dos limonadas, le pidió que se sentara en un viejo sillón, mientras ella se sentaba en otro frente a él y orientado de espaldas a la ventana. Lucio escasamente podía ver su rostro, no le incomodaba demasiado, pero hubiera preferido no sentarse de ese modo. La limonada era unas de sus bebidas preferidas, así que sin centrarse demasiado en ello, pensó que si tan adivina era, ya debía saberlo.

Bueno, Lucio, explícame, ¿qué quieres contarme?,..Lucio sintió un escalofrío que lo paralizó en el sillón. ¿Cómo podía saber su nombre?… ¿Qué sabía de él?… ¿Quizá lo esperaba?…Intentando superar la sorpresa y como si eso le sucediera cada día, Lucio entró enseguida en la cuestión y le planteó los sucesos que le acontecían todas las  noches de los jueves, desde hacía muchos meses.

Le explicó que si bien, inicialmente no le dio importancia, al ser repetidos y cada vez más intensos, estaba muy preocupado. Que tan sólo recordaba algunas escenas al despertar de aquella especie de pesadillas empapadas en sudor. Que era consciente que viajaba a otras épocas y participaba en acontecimientos dramáticos. Que sus despertares eran cada vez más crueles y dolorosos,  que afectaban en gran medida a su salud en los días siguientes y dejaban marcas en todo su cuerpo.

Doña Úrsula, no pestañeó ni una sola vez, y escuchaba atentamente mientras Lucio le explicaba los pocos detalles que podía recordar.

Lucio terminó de hablar, y tras beber un sorbo de limonada, Doña Úrsula hizo un comentario que si bien por una parte lo tranquilizó, por otra le dejó, si cabe, más sorprendido y desconcertado.

Parece ser y según le explicaba con tranquilidad Doña Úrsula, habían acudido a ella, once hombres de la comarca, repitiendo la misma historia. Así pues, no estaba solo, había más hombres que sólo los jueves por la noche, como él, se sumergían en esa especie de sueño cruel que tan real parecía.

Doña Úrsula le confesó, sin remedio que pudiera ofrecerle, que sólo podía decirle que existían ciertas coincidencias. Se trataba de hombres viudos, sanos, de su edad, unos 50 años, que era gente sencilla y todos de la misma comarca.

Doña Úrsula, sólo pudo prepararle un bebedizo para calmar los dolores del despertar y  aliviar el cansancio. Nada más podía ofrecerle en ese momento., pues ni ella misma acababa de completar una teoría racional o no, que pudiera explicarlo y dejarla satisfecha.

Se despidió con una sonrisa y una frase: “Lucio, el destino de las personas está marcado pero es caprichoso”. Lucio agradeció sus atenciones y se despidió.

El camino de regreso era largo y no dejaba de pensar, que no había obtenido la solución y el remedio para lo que él consideraba ya “una maldición”. La idea de pensar que once hombres más la compartían, lejos de calmarle, le intrigaba mucho más.

¿Quién?, ¿Qué?, ¿Quiénes? ¿Por qué él?, ¿Por qué los jueves?… ¿Qué estaba sucediendo?.

Decidió a su regreso no comentar nada con su familia, sus dos hijas, mucho menos con su madre que pasaba el día ausente, sentada junto a la ventada, confeccionando un mantel de ganchillo que había empezado hacia casi cinco años.

Los meses fueron pasando y nada mejoraba. Los sueños de los jueves se habían convertido en verdaderos suplicios, nunca jamás pudo evitar quedar despierto para evitarlos y su fatiga cada vez era mayor hasta el punto de  impedirle aceptar nuevos encargos pues no se veía capaz de acometerlos.

Llegó un momento que en su cabeza solo había lugar para acumular pensamientos y recuerdos inconexos de sus sueños, de escenas extrañas, de presencia en culturas desconocidas, de graves golpes y heridas.

En los últimos tiempos aparecía incluso con más marcas en la piel y moratones por todo el cuerpo. Es evidente que se estaba deteriorando por semanas y ningún calmante lo aliviaba.

En el mes de diciembre, todos los jueves se repitió, si cabe, con heridas y marcas más abundantes y el cuerpo lleno de golpes. Ese mes, ni un solo día trabajó, su debilidad física y estado de ánimo se lo impedían. Escasamente comía y se alimentaba más de líquidos que otra cosa.

La noche del 31 de diciembre, débil y abatido, felicito el nuevo año a sus dos hijas,  hizo lo mismo con su madre a la que dio un beso en la frente y se acostó temprano. Era jueves, no sería diferente y se acostaba con la sumisión del convicto condenado.

A la mañana siguiente, amaneció con un sol radiante, nada  parecía haber cambiado, salvo una cosa. La cama de Lucio estaba perfectamente arropada y ordenada la habitación, parecía que nunca nadie durmió en ella. Lucio, no estaba.

Sus hijas le buscaron, primero por el resto de la casa, el taller, el huerto, los alrededores, hasta que cansadas de caminar un par de días sin resultados, decidieron denunciar su desaparición.

Poco tiempo después se enteraron que, en otras zonas de la comarca, once hombres más habían desaparecido esa noche sin dejar rastro alguno.

Las especulaciones de los habitantes de la zona, llegaban a buscar explicaciones que a todos interesaban pero que a ninguno convencía.

Unos, aseguraban que habían sido escogidos por seres de otros mundos para hacer experimentos de toda clase con seres de nuestro planeta y que, efectivamente, las noches de los jueves siempre se escuchaba algún sonido no habitual en la zona. Algunos aseguraban haber visto, esas mismas noches, luces brillantes y extrañas junto a “El tumbao”.

Otros, en base a lo que alguno de los doce había explicado, aseguraban que gracias a algún extraño fenómeno, estos hombres habían viajado en el tiempo a épocas remotas y habían tenido que defenderse para regresar con vida.

Otros, no pocos, atribuían estas desapariciones a cuestiones religiosas, designios del Señor que los había escogido para misiones celestiales e incomprensibles para los impuros.

Una tras otra las explicaciones cada vez se volvían más extravagantes. Virus y maldiciones, se mezclaban con suicidios colectivos y designios divinos.

Doña Úrsula, con el objeto de acabar con tanta versión, sin convencimiento alguno, finalmente explicó que, en su opinión, estos hombres, en su estado precario, habían entrado en un estado de locura colectiva y que, conscientes de ello, habían decidido desaparecer para siempre, con el objeto de evitar ser tomados y tratados como locos.

Era una explicación que ni Doña Úrsula podía creerse, pero el prestigio de la adivinadora en la zona y la necesidad de creer alguna versión, hizo que la mayoría la diera por buena.

El tiempo pasó  y cesaron los comentarios… pero lo  cierto es que desde aquel año, cada treinta y uno de diciembre y jueves, nadie de esa comarca se acuesta antes de que surja el Sol y todos los jueves del año, antes de acostarse, ajustan bien las ventanas y miran al cielo.

Doña Úrsula, murió al año siguiente, nadie conoció nunca la verdadera causa de su muerte. La encontraron junto a su cama, amordazada entre sus sábanas, llena de marcas y moratones por todo el cuerpo. Su apariencia denotaba un deterioro físico considerable, aunque su rostro seguía transmitiendo serenidad y esbozaba una leve sonrisa. La autopsia desvelo tan sólo que fue una muerte natural y que había muerto dos días antes, el jueves a media noche.

Nunca volvieron a suceder hechos semejantes y nadie jamás en la comarca volvió a comentar nada más de estos extraños sucesos.

 

© CARLOS HUSÓN